Javier tiró de Camila y la llevó casi a rastras hacia la puerta del patio.
Yo le grité, apurada:
—¡No te enojes! ¡No la lastimes! Al fin y al cabo… ella solo está demasiado preocupada por ti.
Ah, ese era justo el truco que ella solía usar. Seguro lo reconocía.
Como era de esperar, Camila me miró con aún más odio.
Javier, sin embargo, seguía reprendiéndola:
—¿Lo oíste? Por mucho que te comportes mal, Aurora no te culpa de nada. Incluso intercede por ti. ¿Por qué no puedes reconocerlo? ¿Por qué insistes en atacarla?
—¿Cuándo la he atacado? ¡Te digo que está fingiendo! ¡Está fingiendo! —Camila gritó, tan alterada, que la voz se le puso aguda.
—¡Abre los ojos, Javier! ¿De verdad sabes a quién ama? No quiero verte arruinado por su culpa.
—Entonces dime —respondió Javier, serio—, ¿qué crees que quiere de mí? ¿Mi dinero? ¿Mi amor? Si se trata de dinero, Mateo tiene mucho más. Si es amor… ¿crees que necesita engañarme para conseguirlo?
Camila enmudeció y me fulminó con la mirada.
Un instante después, Javier la empujó suavemente hacia afuera del patio.
Lo curioso fue que Carlos, que siempre trataba a Camila como a un tesoro, esta vez no la siguió.
Volteé hacia él con una sonrisa sarcástica.
—¿Seguro que no vas a ir tras ella? Si no lo haces, tu papel de perro faldero te queda grande.
—Aurora… —Carlos me miró con incomodidad.
—¿Podrías no hablarme así? En el fondo, eres muy importante para mí. Más que mi propia vida.
Me reí un poco, cansada. Ya no valía la pena discutir.
Simplemente volví al interior de la casa.
En cuanto me quedé en silencio, los recuerdos volvieron a atormentarme.
Recordé la expresión devastada de Mateo aquella mañana, sus lágrimas cayendo sobre mi cuello, cómo se alejó, solo, bajo el amanecer.
Adolorida, me presioné el pecho con una mano y me dejé caer en el sofá.

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