Mateo y yo salimos a comprar víveres, pero no me sentía tranquila dejando a los niños solos en casa, así que los llevamos con nosotros.
En Navidad, las calles estaban especialmente animadas. Luces, guirnaldas, música por todas partes.
Los centros comerciales y las plazas organizaban actividades y juegos.
A Mateo y a mí no nos atraían esas cosas, pero los niños querían participar en todo lo que veían.
Algunos juegos eran incluso para padres e hijos, así que terminamos "obligados" a acompañarlos.
Los niños eran tan listos y Mateo se desenvolvía tan bien que ganaron muchos premios.
Cuando Embi y Luki salieron del centro comercial, saltaban de alegría con los brazos llenos de juguetes.
Decían que eran premios que ellos mismos habían ganado, distintos de los que compraba su papi o de los que alguien les regalaba.
También prometieron que en el futuro querían seguir participando con papi y mami en esos juegos en familia.
Los miré, sonriendo sin decir nada.
Mateo, en cambio, les acarició la cabeza con ternura y prometió que en los próximos juegos familiares siempre iba a estar con ellos.
Cada vez que escuchaba la palabra “futuro”, me dolía el pecho.
De repente, Embi tomó nuestras manos y nos miró con una sonrisa radiante.
—Es tan lindo estar con papi y mami. Embi quiere quedarse con ustedes para siempre.
Luki asintió.
—Mami, ¿podemos pasar todos los diciembres así, con papi?
Sentí un nudo en la garganta. Antes de que pudiera responder, Mateo lo hizo:
—Claro que sí. En cada diciembre vamos a estar juntos los cuatro. Papi y mami siempre los van a acompañar.
Lo miré sin poder evitarlo. Tenía su mirada llena de cariño fija en los niños, con una sonrisa sincera.
Y solo pensar que pronto iba a tener que lastimarlo y alejarme de ellos me rompía por dentro.

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