¡No iba a acceder!
Su silencio rotundo le transmitió un "no" contundente a Estrella.
Estrella asintió lentamente.
—De acuerdo. ¡Ya entendí!
¡A esto se refería Marcelo cuando decía que no quería acabar peleado con ella!
Estrella había cedido y hecho concesiones...
¡Pero él se negaba a dar su brazo a torcer ni un milímetro!
Llegados a este punto, ¿qué sentido tenía seguir desgastando saliva?
Estrella se retiró junto con Olivia, dejando a Marcelo pasándose las manos por el cabello, frustrado.
Para cuando él salió de la residencia, Estrella ya no estaba. Eduardo lo esperaba pacientemente en el carro.
En cuanto Marcelo se subió al vehículo, escuchó a Eduardo notificarle:
—El señor Oliver acaba de llamar.
—¿Y ahora qué quiere?
¡Oliver!
El padre biológico de Mónica.
Ese mismo hombre que, apenas Estrella había abandonado Nueva Cartavia, había acudido a suplicarle que salvara el pellejo de Mónica.
En el caso de Yolanda Galindo no había tenido las agallas de intervenir, pero tratándose de su propia hija, su lado paternal había terminado por ablandarle el corazón.
El solo hecho de escuchar el nombre del viejo llenaba a Marcelo de una pesadumbre inmensa.
—¡La señorita Mónica está enferma!
—¿Enferma? ¿Qué tiene?
—Insuficiencia renal crónica.
Marcelo se quedó perplejo.
¿Insuficiencia renal?
—¿Así de repente?
—Sí. El señor Oliver mencionó que, dado que el tipo de sangre de Mónica es un tanto peculiar, será difícil conseguir un riñón compatible. Por eso, espera que usted pueda echarles la mano.
Al escuchar que querían pedirle ayuda para conseguir un donante de riñón para Mónica, la cara de Marcelo se ensombreció aún más.
—¿Qué el señor no puede buscarlo él mismo?
—El señor Oliver argumenta que sus contactos y recursos son limitados, así que le ruega que usted intervenga.
Marcelo no supo qué decir.
Tenían recursos limitados. Así es, las capacidades de ese viejo eran bastante cortas.
Durante los últimos años, le había cedido numerosos proyectos de primer nivel, pero el viejo inútil parecía incapaz de levantar cabeza.
Su miserable compañía de quinta seguía igual de mediocre que en sus inicios.
Marcelo rompió el silencio y, con una voz gélida, ordenó:
—¡Encárgate de que se arregle el asunto!
Eduardo se quedó sin palabras.
De pronto, un dicho muy sabio se le vino a la mente: a fin de cuentas, una persona viva jamás podrá ganarle la batalla a una persona que ya no está en este mundo.
—Entendido.
Por supuesto, Eduardo no tenía agallas para cuestionar las decisiones de Marcelo, y procedió de inmediato a acatar la orden.
No obstante, no pudo evitar hacerle una pequeña advertencia.
—Si la señorita Estrella se entera de esto, me temo que va a sentirse aún más decepcionada de usted.
El simple hecho de brindarle protección a Mónica ya había bastado para sacar de sus casillas a Estrella.
¡Y para rematar, ahora le estaban buscando un donador de riñón!
Marcelo apretó la mandíbula en silencio.
Cada vez que le recordaban a Estrella, una ira indomable lo consumía por dentro.
El tema de Mónica se había convertido en un callejón sin salida; era un muro enorme que imposibilitaba que lograran llegar a un acuerdo.
Pero Mónica...
¿Mónica qué? Fastidiado, Marcelo encendió un puro y le dio una profunda calada, lleno de hartazgo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡No te metas con la Cenicienta!
Está interesante la novela pero no sé qué pasa al estar en el capítulo 884 y adquirir monedas no está funcionando solo muestra el mensaje error qué pasa...