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No Me Dejes, Aunque No Te Lo Mereces romance Capítulo 407

—Mis papás quieren conocerte, quieren verte en persona —dijo Fermín con voz firme, mirándome a los ojos.

El mensaje era clarísimo: Fermín quería que nuestra relación fuera oficial, que fuera a su casa como su novia, con todas las de la ley. Después de dos años de habernos perdido, ahora que nos habíamos reencontrado, no pensaba dejarme ir por nada del mundo.

No le importaba quién estuviera en medio, estaba dispuesto a pelear por mí, a cuidarme y no soltarme.

Ante su invitación, lo miré de frente y asentí sin vacilar.

—Claro, señor Fermín, puedo ir —respondí, segura y tranquila.

No busqué pretextos, ni me puse a pensar de más. Lo tenía muy claro y así, sin titubear, acepté.

Mi respuesta tan directa le sacó una sonrisa amplia. Sin dudarlo, tomó mi mano y la apretó con calidez. El ambiente se volvió tan puro y a la vez tan cargado de emociones que era imposible no notarlo.

Yo no retiré la mano, ni lo rechacé.

Justo en ese momento, el elevador hizo un —ding— y las puertas se abrieron. Ambos soltamos nuestras manos de inmediato, fingiendo que nada había pasado.

Fermín bajó la mirada hacia mí y murmuró:

—Señorita Frida, me voy por ahora. Más tarde regreso a verte.

Asentí, con una pequeña sonrisa.

—Que te vaya bien, señor Fermín.

Me giré un poco para ver cómo se marchaba. Lo vi entrar al elevador hasta que las puertas se cerraron y después caminé hacia mi cuarto.

En el pasillo, la habitación de Ariel estaba justo adelante. Al pasar, miré de reojo y alcancé a ver a Adela entrando con una charola de comida para él.

Preferí no interrumpir y seguí mi camino, volviendo a mi cuarto, dejando la puerta cerrada tras de mí.

...

Por la tarde, llegó la señora Ramírez.

Ella tenía su rutina: cuando Fermín estaba por llegar, ella se iba. Y cuando Fermín se marchaba, ella regresaba.

Durante los días que llevaba en el hospital, por fin había podido descansar de verdad. El golpe en la cabeza había sanado y, en general, me sentía mucho mejor, con el ánimo más arriba y el color en la cara regresando poco a poco.

Ya por la noche, cuando Fermín volvió a visitarme, la señora Ramírez decidió quedarse. Después de tantas veces dándonos espacio, esta vez quiso quedarse para conocerlo un poco más, para ver qué clase de persona era y cómo me trataba.

Al final de la noche, después de conversar largo rato, la señora Ramírez terminó encantada con Fermín. No sólo le parecía guapo, sino que lo encontraba atento y amable en todos los sentidos.

Lo que más le gustó fue la sinceridad con la que trataba a Johana; podía ver que Fermín la valoraba de verdad.

...

—No te pongas así, Ariel. No vengo para que te sientas obligado ni para que pienses que busco algo más. Sé que tienes suficiente gente que te cuida.

Antes de que Ariel pudiera decir algo más, Maite siguió hablando:

—Además, en estos años tú has apoyado mucho a Soluciones Byte y a la familia Carrasco. Es lo menos que puedo hacer, visitarte en el hospital. Hasta Lorena estaría de acuerdo conmigo.

Otra vez usaba el nombre de Lorena para justificar su presencia. Ariel, que antes se habría sentido incómodo, ahora solo la miraba con una distancia impasible.

Se quedó callado unos segundos, luego habló con voz firme y sin rodeos:

—Maite, lo que hice por Soluciones Byte y por la familia Carrasco fue por agradecerle a Lorena que me salvara la vida. Pero hasta aquí llegó mi relación con la familia. Ya dejé atrás lo de Lorena y no voy a darte ningún compromiso. Haz tu vida como mejor te parezca.

Lo había dejado atrás. Sobre todo después de ese accidente y del regreso de Johana, Ariel sentía que el pasado había quedado enterrado, que todo lo de Lorena era cosa de otra vida, un recuerdo borroso.

Su sinceridad cayó como un balde de agua helada. Maite, con el envase de sopa en las manos, lo miró fijo, sin poder moverse. Quiso decir algo, preguntar, pero las palabras se le atoraron en la garganta, incapaz de salir.

Por dentro sentía una incomodidad insoportable, pero no se atrevía a reprocharle nada a Ariel.

Se quedaron así, mirándose, hasta que Ariel rompió el silencio:

—Dímelo de una vez, Maite —le tiró directo, mirándola de frente—. ¿Tú tuviste algo que ver con el accidente?

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