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No Me Dejes, Aunque No Te Lo Mereces romance Capítulo 388

Por un momento, el semblante de Ariel se ensombreció aún más.

Eso solo podía significar una cosa: Johana ya le había contado a Fermín sobre su verdadera identidad. La única persona a la que no quería ver, a la que no podía reconocer, era él.

...

A las dos en punto terminó la comida.

Cuando Ariel regresó al carro, bajó el respaldo del asiento, echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos.

Levantó la mano derecha y, con los dedos, se frotó el puente de la nariz. Sentía un nudo en el pecho.

Mantuvo los ojos cerrados, recordando los dos informes de análisis de NDA que acababa de ver. Se le marcaron las arrugas del enojo en la frente.

Su ánimo estaba por los suelos. El chofer lo observó por el retrovisor interno, pero no se atrevió a arrancar ni a decir nada.

Pasaron varios minutos. Cuando vio que los otros carros ya se habían ido, el chofer por fin se animó a preguntar:

—Señor Ariel, ¿regresamos a la oficina?

Ariel, sin abrir los ojos, frotándose la nariz, respondió sin prisa:

—Toma un taxi de regreso, deja el carro conmigo.

En ese momento, lo único que quería era estar solo un rato.

—De acuerdo, señor Ariel —respondió el chofer, apurado por salir del carro y desaparecer.

Desde la mañana había notado que Ariel andaba de malas, así que no dudó en marcharse cuanto antes.

Ya solo en el carro, Ariel al fin pudo encontrar algo de tranquilidad.

Pasaron unos minutos y, tras quedarse un rato en silencio, volvió a tomar el informe de análisis y lo revisó con detenimiento una vez más.

Se quedó observando ese reporte, inmóvil, durante un buen rato. Finalmente, lo guardó y abrió la puerta trasera. Rodeó el carro, abrió la puerta del conductor y se subió. Encendió el motor y se fue.

No regresó a la oficina, ni buscó a Johana. En vez de eso, condujo directo hacia Avanzada Cibernética.

—¿Y qué más da haberlo descubierto? Si Johana no quiere reconocerlo, entonces para ella no es Johana, es Frida.

—Ya eliminó su identidad, la familia Herrera ya no existe.

Esa indiferencia de Hugo hizo que Ariel lo mirara fijamente.

Sosteniendo la mirada, Hugo admitió sin tapujos:

—Sí, tenías razón la última vez. Fui yo quien ayudó a Johana a salir de Río Plata.

Después, Hugo explicó:

—¿Por qué la ayudé? Porque no iba a dejar que alguien con tanto potencial terminara destruida.

No pensaba decir nada más. Pero al recordar cómo Ariel había tratado a Johana en los últimos años, Hugo no pudo evitar agregar:

—Ariel, como esposo te faltó mucho. Johana llegó a somatizar su depresión y ni siquiera te diste cuenta de su estado. La ignoraste, la dejaste sola.

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