Cuando Johana terminó de hablar, Delfín se quedó completamente inmóvil, mirándola fijamente durante unos segundos antes de estirar la mano y tomar el contrato que ella le ofrecía.
Abrió el acuerdo y, al principio, no pareció reaccionar demasiado.
Sin embargo, al ver el precio fijado por Ariel, su expresión se volvió sombría de inmediato.
Estaba clarísimo: lo que buscaba Ariel no era solo un trato de negocios.
Después de revisar el documento, Delfín soltó una risa cargada de ironía.
—Vaya, sí que sabe hacerse notar. De verdad, no piensa rendirse tan fácil.
Al escuchar esto, Johana simplemente respondió:
—Entonces, te dejo el contrato para que lo negocies tú. Yo tengo que ir a Avanzada Cibernética a resolver un asunto.
Justo cuando Johana se daba la vuelta para marcharse, Delfín la detuvo con voz firme:
—Johana.
Ella se giró, mirándolo con curiosidad.
—¿Pasa algo más?
Delfín bajó la mirada hacia ella y luego al contrato que tenía en la mano. Su voz sonó seria:
—Ariel no escatima cuando se trata de gastar… ¿En algún momento te tentó su oferta?
Johana le sostuvo la mirada y sonrió, tranquila:
—Conozco a Ariel desde hace años. Siempre ha sido generoso con el dinero, no solo conmigo, sino con todo el mundo. Así es él, no es algo especial conmigo.
Recordó cómo, en el pasado, Ariel había apoyado a la familia Carrasco y a Soluciones Byte de manera sorprendente.
Incluso con sus antiguas novias, siempre había sido igual de espléndido.
Al escucharla, los ojos de Delfín se suavizaron un poco.
Johana notó ese cambio y, temiendo que hubiera un malentendido o diera la impresión equivocada, aclaró:
—No te preocupes. Entre Ariel y yo no va a pasar nada. Si algún día llego a tener pareja, elegiría a Fermín.
—Sin importar qué decidas, siempre te voy a apoyar. Claro, menos si se trata de Ariel.
—Y si alguien más vuelve a lastimarte, te juro que ni yo ni la familia Ramírez se lo vamos a permitir.
Aunque siempre había querido quedarse a su lado y cuidarla personalmente, Delfín sabía soltar cuando era necesario. No iba a forzarla ni manipular sus emociones, y respaldaría cualquier decisión que tomara, siempre y cuando fuera para su bien.
La comprensión de Delfín conmovió a Johana.
Ella levantó la mano y sujetó con delicadeza su muñeca:
—Gracias, Delfín.
Ante sus palabras, él le revolvió el cabello con una sonrisa relajada:
—Ya, ve a hacer tus cosas.
Con esa risa, Delfín le demostró que estaba dispuesto a dejarla ir y respetar cada una de sus decisiones.
Aunque, en el fondo, sabía que si algún día alguien la volvía a lastimar o a hacerle daño, él no dudaría en ir a buscarla y traerla de vuelta.

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