Al día siguiente.
Marisol Montes, la hija de Chela, regresó apresuradamente de la ciudad. Vino directamente a la casa de don Hipólito, trayendo algunos obsequios en las manos.
En cuanto cruzó la puerta, sus ojos empezaron a evaluar disimuladamente a Leonardo.
Había escuchado que era un compañero de armas de Mateo.
Tenía un rostro que gritaba "dinero", un físico impresionante y un porte…
Aunque llevaba puesta ropa casual, casi rústica, su presencia seguía siendo imponente.
Incluso esa ropa sencilla parecía ropa de diseñador al estar en su cuerpo, como esas prendas carísimas de las tiendas exclusivas.
Era guapísimo, nunca en su vida había visto a un hombre tan atractivo.
Marisol no pudo evitar maldecir internamente: "Todo es culpa de mis padres. Si hubieran criado a Mateo como era su deber, este hombre, su compañero, ahora sería mi amigo".
Los militares no solo tenían buenos ingresos y excelentes beneficios sociales, sino que sus cuerpos eran fuertes y masculinos... y este, además, era espectacularmente guapo.
Quizás, si se lo hubiera rogado, Mateo se lo habría presentado y ella podría haberse convertido en su novia.
De ser así, ya no tendría que seguir rompiéndose la espalda trabajando en la ciudad.
¡Todo era culpa de sus padres!
El resentimiento de Marisol hacia Chela y Juan creció en ese instante. ¿Por qué tuvieron que ser tan miopes y de sangre fría en el pasado?
De no haber sido así, ahora ella sería la esposa de un oficial.
Además, había escuchado que la indemnización por la muerte de Mateo ascendía a varios millones.
¡Millones!
Con ese dinero, no tendrían que seguir viviendo en este rincón olvidado por Dios. Podrían haberse mudado a una zona residencial hermosa y limpia en la ciudad.
Su familia habría dejado de ser pueblerina para siempre y se habría convertido en gente de sociedad.
Cuanto más lo pensaba, más le hervía la sangre. Sentía como si hubiera perdido la lotería por culpa de ellos.

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