—¿Qué pasa? —preguntó Renata Quiles.
—Han llegado visitas —respondió una de las empleadas.
Renata llegó al salón principal bostezando por todo el camino, pero al ver a Nerea Galarza, el bostezo se le cortó a la mitad. Creyó que estaba alucinando.
¿Qué demonios hacía Nerea en su casa?
—Renata, entra de una vez —ordenó Doña Beatriz Quiles.
Renata volvió en sí y, al adentrarse en la sala, confirmó que sus ojos no la engañaban: realmente era Nerea.
¿A qué había venido?
Renata, llena de confusión, miró a Marisa Peñalosa, pero el rostro de su madre era una máscara impenetrable.
Al ver esa frialdad, el corazón de Renata empezó a latir con fuerza. No tenía idea de qué nuevo desastre había ocurrido.
—Abuela —saludó Renata, bajando la cabeza con obediencia.
Doña Beatriz asintió. Aunque no soportaba a Renata, no le quedaba otra opción: era la única sangre de su hijo que quedaba.
Años atrás, cuando la madre de Patricia Quiles confirmó que esperaba un niño, Felipe Quiles, para calmar los celos de Marisa, se sometió a una vasectomía. Nadie imaginó que la madre de Patricia moriría en el parto, llevándose al bebé con ella. Más tarde, Patricia terminó internada en un psiquiátrico, y aunque ahora parecía estar curada, nadie garantizaba que no volvería a enloquecer.
Así que, haciendo cuentas, Renata se había convertido en su única nieta viable.
Pero esta vez, Renata había ofendido nada menos que a Doña Belén y a la matriarca de la familia Rojas.
Nerea Galarza no era alguien con quien se pudiera jugar.
La última vez, en la habitación del hospital de Patricia, Nerea se atrevió a usar sus conocimientos médicos para inmovilizarla y dejarla sin habla. Doña Beatriz tuvo que acudir a un especialista en medicina natural para recuperarse.
Y ahora, Renata había humillado a Doña Belén al punto de causarle una fractura que la mantenía hospitalizada.
Si este asunto no se manejaba con extrema cautela, Doña Beatriz temía que Nerea moviera sus hilos y destruyera la relación entre los Quiles y la familia Encinas.
Por si fuera poco, estaba la familia Rojas de Puerto Rosales. Su poder e influencia eran arrolladores; no eran de los que se dejaban pisotear.
Cuando Doña Beatriz fue a Puerto Rosales para el funeral de su hermana, no tenía idea de que Nerea y el heredero de los Rojas estaban a punto de casarse. En aquel entonces, le sorprendió la actitud desafiante de Nerea y el respeto que le mostraban los Encinas. Ahora entendía el porqué: tenía a la imponente familia Rojas respaldándola.



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