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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 785

Tras verificar la credencial de Héctor Omar y confirmar que era auténtica, los policías le hicieron un saludo militar.

Nerea explicó en pocas palabras el origen y el desarrollo de la situación.

Al tratarse de la desaparición de la huérfana de un militar caído, los agentes tomaron el caso con extrema seriedad.

La policía procedió a detener a Mónica y a Hugo para llevarlos a la comisaría a rendir declaración.

Mónica montó un espectáculo bochornoso. Se tiró al suelo, pataleando y gritando a todo pulmón: «¡No me voy, no me voy! ¡Estos criminales entraron a la fuerza a mi casa y nos amarraron! ¡Esto es allanamiento y robo!».

«¿Con qué derecho nos arrestan? ¡Somos gente humilde del campo! No basta con que la policía no nos proteja, sino que ahora se asocian con los delincuentes. ¡Qué injusticia! ¡No hay ley en este país!».

Nerea señaló con calma la cámara corporal que llevaba uno de los oficiales. «Esa cámara está grabando todo. Lo que estás haciendo es difamar y calumniar a servidores públicos, lo cual solo empeorará tu condena».

Mónica siguió haciendo berrinche en el piso, maldiciendo a los cuatro vientos: «¡Todos ustedes son unas ratas de la misma alcantarilla! ¡Están coludidos! ¿Así le sirven a su país? ¿Así protegen al pueblo? ¡Auxilio, auxilio! ¡Nos quieren matar! ¡Están acusando a gente inocente!».

Los vecinos que se habían asomado y no entendían lo que pasaba, comenzaron a murmurar entre ellos en pequeños grupos.

Un oficial se acercó a la multitud: «Buenas noches a todos. ¿Podrían contestar algunas preguntas sobre lo sucedido?».

...

Comisaría de Tierra Blanca.

Don Braulio, el líder del Pueblo de los Álamos, y otros dos aldeanos fueron trasladados a Tierra Blanca de madrugada por la policía local.

Al ver a la pequeña niña en la comisaría, don Braulio sacudió la cabeza con firmeza: «No, ella no es Sofía».

La policía tenía en su poder los diarios personales de Esteban.

El interrogador abrió un cuaderno de páginas amarillentas, buscó las entradas en las que Esteban hablaba de su hermano, y comenzó a leérselas en voz alta a Hugo.

«Hoy volvieron a cancelar el compromiso de mi hermano... Una vez más. La familia de la novia nos rechazó por ser pobres y no tener dinero para la boda. Ya es la tercera vez que le rompen el compromiso. Mi hermano me confesó que de verdad quería a esta chica, pero se quedó con las manos vacías otra vez. Así que tomé una decisión: voy a dejar los estudios y me enlistaré en el ejército.

En el ejército no solo me enseñarán a usar un arma, sino que también tendré un sueldo fijo. Cuando reciba mi paga, se la enviaré toda a mi madre para que la ahorre. ¡Le conseguiremos a mi hermano la esposa más hermosa de todas para que limpie su orgullo! ¡Quiero ver quién se atreve a decir en el futuro que mi hermano no puede conseguir una buena mujer!».

«Acabo de salir del quirófano. ¡Diablos, no me pusieron anestesia y dolió como el infierno! Pero justo entonces recibí una llamada de mi madre: mi cuñada dio a luz a un sobrinito. Se llama Juanito. Es un nombre precioso. Fue mágico, de repente sentí tanta alegría que el dolor de la pierna desapareció. Qué lástima que el doctor no me deja salir del hospital; no podré ir a casa a conocerlo. Pero lo bueno es que por fin me dieron el bono y la recompensa por la última misión. Son exactamente diez mil. Le pediré al sargento que se los envíe a mi madre para que le dé un buen sobrecito con dinero a mi hermano. El sargento me dijo que soy un tonto por no guardar nada para mí. Pero es mi hermano... y es mi sobrino de sangre. No son extraños».

«... Juanito enfermó de gravedad. Necesitan trescientos mil para la cirugía. Hoy hablamos por teléfono y mi hermano no paraba de llorar, y mi madre tampoco. Pero yo no tengo trescientos mil, todo lo que he ganado se lo he enviado. El nuevo sargento se llama Leonardo Rojas. Es un hombre muy noble; al verme tan angustiado que ni siquiera podía tragar un pedazo de pan, se ofreció a prestarme los trescientos mil para la operación. Incluso consiguió que unos especialistas atendieran a mi sobrino; dicen que es casi imposible conseguir cita con esos doctores...».

«... Juanito no sobrevivió. Los especialistas dijeron que la enfermedad de mi sobrino se detectó demasiado tarde. Si hubiera sido un poco antes, lo habrían salvado. Sobraron cien mil de los fondos de la cirugía. Mi madre le dijo a mi cuñada que me devolviera ese dinero. Pero mi cuñada se indignó; dijo que mi madre era una desalmada, que no le importaba su nieto muerto y que solo pensaba en el dinero.».

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