Nerea apartó la mano rápidamente. «¿Cómo se llama?».
«Se llama... Los... Los...».
La mujer se quedó en blanco de repente. Nerea estaba ansiosa, pero la vecina lo estaba aún más.
Desesperada, la mujer empezó a golpearse la cabeza con la mano. «¡Piensa, cabeza hueca, piensa!».
Se dio varios golpes, uno más fuerte que el anterior. Justo cuando Héctor Omar empezaba a preocuparse de que la mujer se dejara inconsciente...
Ella levantó la cabeza de golpe y miró a Nerea, gritando a todo pulmón: «¡Ya me acordé! ¡Se llama Residencial Los Arces! ¡Sí, Residencial Los Arces!».
La emoción de la vecina era tan desbordante que parecía haber ganado la lotería.
Nerea cumplió su palabra y le entregó el fajo de billetes.
Tras despedirse, ella y Héctor Omar subieron al auto.
Héctor Omar miró a Nerea. «¿Vamos a Tierra Blanca ahora mismo?».
Nerea temía que la vecina hubiera recordado mal o, peor aún, que les hubiera mentido a propósito.
«¿Puedes usar tus contactos militares para que el Registro de la Propiedad de Tierra Blanca verifique el historial de transacciones?», pidió Nerea. «Solo necesitan buscar el nombre y el lugar de nacimiento registrado».
El Registro de la Propiedad de Tierra Blanca no tardó en confirmar la información.
Efectivamente, un hombre llamado Hugo Vargas, originario del Pueblo de los Álamos, había comprado un departamento en el Residencial Los Arces.
Nerea y Héctor Omar emprendieron el viaje de inmediato. Tuvieron que cenar cualquier cosa en el auto mientras conducían a toda velocidad hacia el residencial.
Cuando finalmente llegaron, el reloj marcaba casi las nueve y media de la noche.
Edificio 3, departamento 502. Tras confirmar que era el lugar correcto, Héctor Omar levantó el puño y tocó la puerta.
*Toc, toc, toc.*
¡Quien abrió la puerta fue el mismísimo Hugo Vargas!
Si habían logrado localizarlos allí, definitivamente tenían que ser del ejército.
Con eso en mente, la actitud de Hugo dio un giro de 180 grados. Sonrió y dijo: «No se ofenda, oficial. Como ya casi es Año Nuevo y es tan tarde, uno tiene que tener cuidado con los estafadores».
Hugo los invitó a pasar.
Mónica, al ver la cantidad de cajas costosas que traían en las manos, se mostró sumamente complacida.
Les sirvió dos vasos de agua con actitud servicial y dijo: «Qué amables en viajar desde tan lejos solo para ver a Sofía. Mi pobre cuñado falleció, su madre también... A esta familia solo le queda la pequeña Sofía».
Mientras hablaba, los ojos de Mónica se enrojecieron y fingió un sollozo. «Mi niña da tanta lástima, quedarse sin padres siendo tan chiquita. Menos mal que el ejército todavía se acuerda de ella. De verdad nos conmueve mucho que hayan venido a verla».
Hugo asentía con la cabeza mientras se limpiaba lágrimas falsas, hablando con fingida convicción: «Pierdan cuidado. Les doy mi palabra de que criaré a la única hija de mi hermano para que sea una persona de bien, que enorgullezca al ejército y a nuestra nación».
Héctor Omar les siguió el juego e intercambió algunas formalidades conmovedoras con la pareja.
Pero Nerea, incapaz de aguantar más la farsa, interrumpió: «Señora Mónica, ¿dónde está Sofía?».

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