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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 764

Nerea asintió. —Hola, Liam.

Al escuchar la forma tan natural en la que Nerea lo llamó, un destello de sorpresa cruzó por los ojos de Cristian.

Liam le dedicó a Cristian una ligera sonrisa, sin dar explicaciones, pero Cristian intuyó la situación de inmediato y dejó escapar un suspiro en su interior.

No sabía si suspiraba por sí mismo, por su buen amigo, o por ambos.

Siendo el día del funeral de la abuela, el viejo Encinas insistió en asistir en su silla de ruedas, a pesar de que su salud aún era frágil.

Para prevenir cualquier contratiempo médico, llamaron a Nerea para que se quedara cerca y lo cuidara.

Sentada junto al viejo Encinas, había una anciana vestida con ropas muy elegantes, conversando animadamente con él.

Al acercarse, Nerea lo saludó: —Abuelo.

El viejo Encinas sonrió con entusiasmo y respondió: —¡Llegaste, mi niña!

Luego se dirigió a la mujer a su lado y las presentó. —Ella es la hermana menor de tu abuela, viene desde la familia Quiles en Rosarito. Puedes llamarla señora Quiles, o tía abuela.

Nerea pensó para sí misma: "Con razón, cuando la vi de reojo, por un segundo creí que la abuela Encinas se había levantado del ataúd".

Ambas mujeres tenían facciones increíblemente similares.

Con mucha educación, Nerea la saludó: —Señora Quiles.

Doña Beatriz Quiles miró al viejo Encinas con duda. —¿Y ella quién es?

El viejo Encinas, rebosante de orgullo, le respondió: —Es Nerea, la hija de Álvaro, mi hijo menor. Mi niña es increíble. No solo domina la medicina de forma impresionante, sino que también es experta en inteligencia artificial y tiene grandes logros en genética. Es un talento nacional.

Al hablar de ella, el rostro del anciano no podía ocultar lo orgulloso que estaba.

Sin embargo, un fugaz destello de desagrado cruzó por los ojos de la señora Quiles, quien preguntó con un tono aparentemente casual: —Tú eres Nerea, ¿verdad? Cuando llegué anoche, no te vi en el velorio de tu abuela. Curiosamente, todos los demás jóvenes de la familia sí estaban.

Antes de que Nerea pudiera responder, el viejo Encinas se apresuró a justificarla: —No lo sabes, Beatriz, pero Nerea acaba de recuperarse de una grave enfermedad. Su salud es delicada y no puede quedarse desvelándose toda la noche.

Pero si usaba esa carta, la anciana se agarraría de eso para preguntar "¿Por qué no te reconoció?" o sermoneársela diciendo "La abuela ya estaba mayor, su mente no estaba clara. ¿Cómo es que una joven como tú le guarda rencor a una anciana?".

Nerea no tenía intenciones de enredarse en una discusión interminable con ella, así que respondió simple y directo: —Porque no me sentía bien, estaba enferma.

Dudaba mucho que la señora Quiles se atreviera a exigirle a una persona enferma que se quedara en un velorio.

Como esperaba, la anciana guardó silencio.

Pero aunque había superado el obstáculo mayor, un fastidio menor apareció de la nada.

En ese preciso instante, Luciana, que estaba cerca con la cabeza agachada, murmuró lo suficientemente alto para que todos la escucharan: —¿Pero no dijo Nerea antes que no la iba a velar porque la abuela nunca la reconoció como su nieta? ¿Por qué ahora dice que estaba enferma?

Sus palabras resonaron en la habitación.

Luego, fingiendo sorpresa y con un tono hipócrita y lastimero, Luciana se cubrió la boca y se disculpó con Nerea: —¡Ay, Nerea, lo siento muchísimo! No fue mi intención, tengo la boca muy suelta. Perdóname, estaba diciendo tonterías.

Sin decir más, Luciana salió corriendo con la cabeza gacha, dejando a su paso el amargo rastro de su intriga...

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