Al ver a Rocío con los cachetes inflados, pálida y redondita como si fuera un bollito relleno, no pudo evitar pensar que se veía bastante tierna.
Se apresuró a servirle una taza de mate y se la entregó. —Toma un poco, no te vayas a ahogar.
—Gracias, mi ángel salvador —masculló Rocío con la boca llena.
Federico se quedó sin palabras por un segundo, y luego se echó a reír. —¿Cómo me dijiste?
—Mi ángel salvador, ¡pues qué más! —respondió Rocío, riéndose también sin ninguna pena.
Se tomó el mate de un solo trago y le extendió la taza vacía. —¿Me regalas tantito más?
Federico le sirvió otra taza con gusto.
Rocío daba sorbitos mientras miraba de reojo la caja de pan dulce, chupándose los labios. Se notaba a leguas que se moría por agarrar otra, pero como no quería que su asistente se pusiera a chillar de verdad, se tuvo que conformar con verlas.
Al ver su mirada llena de anhelo, Nerea analizó a Rocío de arriba abajo. Tenía unas curvas envidiables, su figura era esbelta pero bien proporcionada; estaba exactamente donde tenía que estar, sin que le sobrara o le faltara nada. Se veía espectacular.
Con bastante confusión, Nerea le preguntó al asistente: —Oye, Rocío tiene un cuerpo padrísimo, no está para nada pasada de peso. ¿De verdad es necesario traerla tan cortita con la comida?
El chico explicó: —Lo que pasa, Directora Galarza, es que Rocío acaba de firmar para un proyecto donde su personaje es una persona en situación de calle; alguien que no tiene para comer y debe verse en los puros huesos. Ahorita se ve sanísima, preciosa. Todo menos una mendiga; parece niña rica.
Nerea miró a la actriz con lástima. —¿Y qué bicho te picó para aceptar un papel donde tienes que verte como si estuvieras en los huesos?
Rocío hizo un puchero. —¡Hermana, ya quiero cancelar el contrato! Te lo juro que alguien me hizo mal de ojo o me volví loca de remate el día que firmé eso. ¡Me arrepiento muchísimo! Llevo casi dos semanas muriéndome de hambre, te juro que ahorita veo al gato que traes cargando y se me antoja hacerlo en barbacoa.
—¡Miau!
Como si Florito le hubiera entendido a la perfección, soltó un maullido indignado.
Él soltó una carcajada. —Me llamo Federico, soy colega y amigo de tu hermana.
Rocío lo saludó con su característica efusividad: —Mucho gusto. ¿Te puedo decir Fede? Tú dime Rocío.
Rocío y Federico se quedaron haciéndole compañía a Nerea toda la tarde. Incluso los tres cenaron juntos en la habitación.
Pasadas las ocho de la noche, ambos se despidieron. Para salir, Rocío volvió a envolverse en su armadura de ropa.
Como hasta se había puesto los lentes de sol en plena noche, Federico le preguntó: —¿Sí ves por dónde vas?
—La neta, casi nada —dijo ella, riéndose mientras se bajaba los lentes y los colgaba en el cuello de su blusa.
Tomaron el elevador hasta el estacionamiento subterráneo. Apenas se abrieron las puertas, una marea de gente se les echó encima...

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