Nadie le creyó a Catalina.
A los ojos de todos, Antonio era solo un niño bueno de seis años.
Catalina sintió una profunda desesperación.
Al salir de la comisaría, agarró el brazo de Leo y su voz dejó escapar un atisbo de debilidad:
—¿Qué tienes que ganar con no retirar la denuncia?
—Mi abuela no me haría daño.
Ya no le quedaban fuerzas.
Leo la miró con calma:
—¿Tanta confianza le tienes a tu supuesta familia?
—Leo, tú sabes que mi abuela no puede hacerme daño.
—Ella y mi abuelo me criaron.
—Si no fuera por ellos, hoy estaría muerta.
—La gente cambia, Catalina —dijo él, con una frialdad casi cruel.
—Sí, la gente cambia —respondió ella, con la voz helándose poco a poco—. Pero quien cambió no fue mi abuela.
—Fuiste tú, Leo Cantú.
Se secó las lágrimas de las mejillas y dejó de mirarlo.
De vuelta en Residencia Oro, Catalina fue a ver a doña Carla para pedirle ayuda.
—Mi abuela no pudo hacerme esto.
Doña Carla asintió.
Ya estaba al tanto.
—¿Le preguntaste a Leo por qué lo hizo?
Catalina bajó la cabeza:
—No sé por qué lo hizo, pero sé que la prueba la dio Laura.
Leo estaba ayudando a Laura a incriminarla.
Doña Carla hizo una pausa y la miró:
—Leo no haría algo tan infantil.
—Haría cualquier cosa por ella.
Doña Carla frunció el ceño y dijo:
—Si Leo ya tomó una decisión, ni yo puedo cambiarla.
—Tienes que pensar cómo convencerlo o si tienes algo que a él le importe.
Catalina se quedó muda.
De repente le pareció ridículo.

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