Aquella ingenua Catalina murió la noche en que la secuestraron.
Nunca más volvería a creer ni una sola palabra de Leo.
Solo quería huir de él lo antes posible, no volver a verlo en la vida.
Los labios del hombre se deslizaron hasta su nuca y besaron su lunar.
Tenía las manos atadas a la espalda por él.
Ya no le quedaban fuerzas para resistirse.
Con voz queda y ronca, dijo:
—¿No te da asco?
El hombre se detuvo un instante:
—A mí no.
Catalina solo sentía repugnancia.
¿Por qué siempre podía actuar como si nada hubiera pasado, y ahora incluso quería acostarse con ella?
Pero no tenía fuerzas para apartarlo.
Con cierto autodesprecio, pensó:
"Como quiera."
Leo le tomó la mano y deslizó su pulgar sobre la palma de ella.
Catalina no quería darle ninguna respuesta.
Pero su cuerpo lo conocía demasiado bien.
Al poco rato, sintió que su cuerpo se ablandaba.
Con dificultad, dijo:
—¿No piensas divorciarte de mí?
—Será mejor que te calles ahora —dijo él.
Catalina soltó una risa fría:
—¿Que me calle? ¿Y yo tengo que hacerte caso?
—Leo Cantú, ¿tengo que obedecerte en todo?
Leo la miró y, de repente, sonrió:
—Si no, ¿para qué crees que me casé contigo?
—Porque eras obediente.
Catalina sintió un escalofrío recorrerle todo el cuerpo.
Su voz fue tan baja que casi no se oía:
—¿Esa era la razón?
—Qué lástima.
—Ahora no quiero obedecerte.
—No obedezco a cualquiera.
Antes lo obedecía en todo, solo porque lo amaba.

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