Catalina metió a Leo en el ascensor y pulsó el botón del primer piso.
Luego lo miró:
—Si tienes algo que decir, dilo ya.
Leo la sostuvo con la mirada:
—¿De verdad piensas tirar todo eso?
Catalina soltó una risa sarcástica:
—¿No eras tú quien quería tirarlo? ¿Y ahora me preguntas a mí?
Leo la envolvió con una mirada profunda e intensa.
Catalina siempre había pensado.
¿Cómo puede haber alguien con unos ojos tan bonitos?
Cuando Leo miraba fijamente a alguien, siempre daba la impresión de estar lleno de sentimiento.
Ella soltó su mano:
—No me mires así.
—¿No tienes nada más que decir? ¿Viniste solo a buscarme pelea?
—Sí, vine a buscarte pelea —respondió Leo con despreocupación.
Catalina lo empujó fuera:
—Ya llegamos, fuera.
Leo, después de que ella lo empujara fuera, volvió a pulsar el botón del ascensor.
Las puertas, que ya se cerraban, se abrieron de nuevo.
Catalina frunció el ceño al mirarlo:
—¿Qué es lo que quieres exactamente?
—Catalina, yo... —parecía que Leo quería decir algo.
Catalina presionó al instante el botón de cerrar:
—Vete a casa a hablar solo.
Ya no tenía paciencia para escucharlo.
Leo vio cómo las puertas se cerraban y la figura de Catalina desaparecía de su vista.
Se quedó un largo rato frente a la entrada, hasta que el ascensor se abrió de nuevo.
Levantó la vista de golpe, pero quien salió fue Iris.
Ella preguntó:
—Señor, ya entregamos las cosas. ¿Volvemos ahora?
—Sí, volvamos —Leo dio la vuelta y se fue.
Iris lo siguió:
—Señor, ¿la señora también sabe hacer robots?
—Vi que en su casa tiene muchos.
Leo dudó un momento y dijo:
—Le gustaban cuando era pequeña.
—¿Ah, sí? —Iris frunció el ceño.
—Si le gustaban de pequeña, ¿por qué no siguió haciéndolos?

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