—No, es demasiado lío.
—Mejor no las tires —dijo Iris, agitando la mano.
Leo señaló la caja grande y abrió la boca.
Sintió el pecho oprimido, así que volvió a mirar lo que había dentro.
En lo más alto había un reloj de arena hecho con arena y agua de mar, hecho por Catalina.
La arena y el agua no se mezclaban; el agua goteaba hacia abajo y, cuanto más se acumulaba, más parecía una playa de verdad.
Dentro también había conchitas y estrellas de mar que ella había buscado especialmente.
Una de las conchas la había sacado de un collar que le gustaba mucho.
Siempre era como una niña ingenua, y se tomaba esos pequeños regalos con una seriedad fuera de lo común.
Iris, al ver que él no decía nada, tomó la iniciativa:
—¿Las llevo a tirar?
La voz de Leo sonó apagada, y entre sus cejas se dibujó un gesto de hastío:
—Llévalas al trastero.
Iris bajó la cabeza para arrastrar la caja y murmuró:
—Eso no es tirarlas, es guardarlas.
Leo se sentó en el sofá, sujetándose la cabeza que le dolía.
Nada más abrir los ojos, vio las flores secas sobre la mesa.
También las había hecho Catalina.
Respiró hondo y llamó a Catalina.
La primera frase de Catalina fue otra vez con ese tono de fastidio y resignación:
—¿Y ahora qué? ¿Qué más quieres decir?
Su respiración se volvió más pesada, y dijo con voz grave:
—Ven a recoger tus cosas.
—¿Qué cosas mías?
—¿Acaso tengo que arrancar la pintura de la pared donde respiré yo también?
—En el estudio todo es tuyo.
—Pues tíralo tú. Si vengo yo, también será para tirarlo.
Leo sintió un pinchazo en el pecho:
—Tus cosas las tienes que tirar tú.
—Te las regalé. En rigor, ahora son tuyas.
—Si no las quieres, tíralas tú mismo.

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