Volvió a subir al segundo piso para buscar a María:
—El señor se quedó todo el rato en el balcón. ¿Riego ahora?
—Sí, riégalas.
—Si algo les pasa a esas flores, él es el que más se va a preocupar.
Iris comentó sorprendida:
—No me lo esperaba.
María la miró y, tras dudar un momento, dijo:
—Todas esas flores las compró la señora cuando se mudó.
Iris lo entendió y bajó enseguida a regarlas.
—Señor, vengo a regar las flores —dijo con la regadera en la mano.
Pero Leo extendió la mano:
—Dámelas.
Estaba sorprendida y le pasó la regadera.
Se dio cuenta de que Leo no quería que lo molestaran, así que se retiró.
Leo inclinó la cabeza y se concentró en regar.
Sabía cuánta agua necesitaba cada maceta.
Todavía recordaba que, después de que Catalina las comprara, se había pasado un buen rato en el sofá eligiendo macetas.
Había de todo tipo.
Hasta durante la cena las estuvo mirando.
Al final, se cansó de tanto escoger y le pasó el celular a él para que decidiera.
Pero cuando él eligió, a ella no le gustaron.
Aunque sabía muy bien cómo contentarlo.
A pesar de no estar conforme con lo que él escogió, igual compró esas macetas.
Las plantas de ese lado del balcón, desde los estantes hasta la disposición, las colocó ella según su gusto.
Cuando las acababan de comprar, todavía tenía ganas de cuidarlas con esmero todos los días.
Pero esa ilusión solo le duró menos de una semana.
Una noche, cuando él llegó del trabajo, vio que varias macetas estaban mustias y muertas.
Mandó a comprar otras parecidas para reemplazarlas, y desde entonces fue él quien regó las flores.
Unos dos meses después, un día al llegar a casa, Catalina lo llevó al balcón.
Señaló emocionada las macetas:
—Casi me olvido de estas flores.
—Menos mal que la sirvienta las regó, mira, ya florecieron.
Él la miró fijamente:

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