Ahora ya sabía cómo era una vida normal.
No volvería a hacer cosas sin dignidad, como antes, solo por comida.
Omar sonrió con suavidad:
—En el refrigerador hay cosas que puedes comer.
—Ve a ver.
Luego agregó:
—Puedes comer directamente, no te pediré nada a cambio.
Gracia se emocionó y corrió hacia el refrigerador y lo abrió.
No había nada de comer adentro.
Cerró la puerta lentamente.
Quería huir, pero sentía que no le quedaban fuerzas.
Se desplomó en el suelo sin resistencia.
Omar se acercó a ella sonriendo y le dijo con suavidad:
—¿Tienes miedo?
Ella temblaba, pero negó con la cabeza.
—No.
—¿Ah, sí? —dijo él, y se sentó a su lado sin ningún reparo.
—Quiero irme a casa.
En ese momento, Gracia finalmente se derrumbó.
Las lágrimas rodaron por sus mejillas.
Omar, con un tono que pretendía ser amable, dijo:
—Puedo llamar a tus padres para que vengan a buscarte.
—¿Crees que vendrán por ti?
Con el rostro bañado en lágrimas, Gracia asintió de inmediato.
Sin embargo, justo cuando Omar estaba a punto de levantarse para hacer la llamada, ella lo agarró de la mano con fuerza.
—No... no lo hagas.
Si llamaba a sus padres adoptivos ahora y la obligaban a volver, sería una inútil para ellos.
Incluso si regresaba, terminarían abandonándola.
Gracia lo entendía muy bien.
—No me voy a ir —dijo en voz baja—. Me quedo aquí.
Omar soltó una risa repentina.
Volvió a sentarse a su lado.
—Está bien.

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