Polo apenas cruzó la puerta con Laura cuando notó que algo andaba mal.
—¿Tienes sueño? ¿O calor? —le tocó la frente.
—Pero no parece que tengas fiebre.
Mientras la sostenía, sacó el celular:
—Te llamo a un doctor.
Laura le sujetó la mano:
—No.
Todavía conservaba algo de conciencia.
Si alguien se enteraba de esto, qué vergüenza.
Polo no insistió.
La llevó adentro y le sirvió agua:
—¿Acaso Catalina te envenenó?
Laura bajó la cabeza, bebió un sorbo y lo miró:
—Polo, ve a ver cómo está Leo, por favor. Me preocupo por él.
Polo frunció el ceño:
—Ya es un hombre grande, no necesita que nos preocupemos.
—Creo que tú necesitas más cuidados.
Laura se mordió el labio:
—La verdad es que me puso una droga.
—Leo también debe haberla tomado, por eso me preocupo.
Polo tardó unos segundos en procesarlo.
Se levantó de golpe.
—¿Dices que Leo también está bajo los efectos de esa droga?
Sacó el celular y llamó a Leo, pero nadie contestó.
No solo Polo se alarmó, Laura aún más.
¿Por qué no contestaba Leo?
¿Qué estaría haciendo en ese momento?
¿Acaso con Catalina...?
Imposible.
Laura empujó a Polo:
—Ve a verlo rápido.
—¿Quién les puso esa porquería? Qué asco.
Polo dudó un momento.
Recordó que Laura había dicho que Catalina estaba allí.
Su expresión cambió:
—¿Catalina?
Laura bajó la cabeza y no dijo nada.
Polo lo tomó como una confirmación y montó en cólera:
—¡Catalina se está pasando! ¡Hacer algo así!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi ex esposo no me suelta