Catalina apartó su mano:
—El ascensor baja, va a venir gente.
Leo esbozó una sonrisa leve, con un brillo de locura en los ojos:
—¿Tienes miedo de que nos vean?
Catalina no respondió.
Leo le sujetó la muñeca y la llevó hacia el auto.
Subieron juntos al asiento trasero.
El chofer esperaba al volante.
En cuanto subió, Leo dijo:
—A Residencia Oro.
Luego, levantó el panel divisor.
Catalina frunció el ceño:
—Yo no vuelvo allí.
Leo la miró, y luego posó la vista en sus labios, ligeramente hinchados por los besos.
—Queda poco tiempo —dijo Leo, como si estuviera rebajando un poco su postura.
Catalina lo miró con calma:
—No quiero quedarme ni un segundo más.
Leo pareció irritado por esas palabras.
Le sujetó la nuca y la besó, mordiéndole el labio:
—Hace un momento reaccionaste.
Catalina respondió con tono indiferente:
—Solo fisiológicamente.
Leo soltó una risa baja:
—¿Acaso una reacción fisiológica no cuenta como real?
—Leo, ¿cuántos años llevamos acostándonos?
Catalina seguía tranquila:
—Son cuatro años, no cuatro días ni cuatro meses.
—No voy a cambiar de opinión solo porque mi cuerpo todavía responda a ti.
Leo la escuchó en silencio y soltó una risita burlona.
Se recostó contra el asiento y cerró los ojos:
—Ya que no quieres volver, cuando lleguemos, te bajas tú sola.
Catalina respondió de inmediato:
—Puedes pedirle al chofer que pare ahora mismo y me dejas bajar.
—Tengo prisa por llegar.
Como si no quisiera darle ni un segundo más.
Catalina exhaló.
Cerró los ojos y no dijo más.
Al rato, Leo abrió los ojos y la miró.
Su mirada recorrió sus cejas, la punta de su nariz y sus labios.
Sacó del bolsillo el celular de Catalina.
La pantalla se encendió.
La foto de bloqueo ya no era la de los dos juntos.

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