Leo miró por la ventanilla del auto:
—Fuiste tú quien preguntó qué quería.
Dentro del auto no se oyó nada durante un buen rato.
Leo cerró los ojos y dijo en voz muy baja:
—No pienses tonterías, no quiero nada.
No quería acostarse con ella por un trato, ¿qué sentido tenía el sexo sin amor?
Catalina, efectivamente, no podía cumplirle esa exigencia:
—Fuera de eso, puedes pedirme cualquier cosa.
Leo abrió los ojos y giró lentamente la cabeza para mirarla:
—¿Cualquier cosa?
Catalina lo pensó un momento:
—Total, nos vamos a divorciar. No quiero quedarte debiendo nada.
El rostro de Leo se ensombreció por completo:
—Siempre estás hablando de divorcio, ¿tantas ganas tienes de divorciarte?
—¿Que no quieres deberme nada? ¿Acaso me debes poco?
—¿Qué te debo?
Catalina solo recordaba algunas cosas insignificantes del pasado.
Leo bajó la cabeza y sonrió con amargura:
—Nada, fue mi decisión.
Catalina no profundizó en aquella frase:
—Llévame a la Residencia Lago.
—¿Con tan poco tiempo que nos queda, ya no quieres volver a casa? ¿No hay nada allí que te importe?
—¿Hay algo que merezca la pena?
—Te gusta bastante ese perro, ¿no? —dijo Leo, como si lo hubiera mencionado al azar.
—Ese perro es de tu abuela.
—A ti te quiere —dijo Leo con voz indiferente—. Si te gusta, llévatelo.
Catalina negó con la cabeza:
—No.
—No quiero llevarme nada de esa casa.
Los ojos de Leo se oscurecieron.
Apretó los labios.
Pronto llegaron a la Residencia Lago.
Cuando Catalina iba a bajarse, Leo la agarró de la muñeca.
Sus dedos rozaron suavemente su piel.
Catalina bajó la mirada y preguntó con extrañeza:
—¿Algo más?

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