Catalina yacía en la cama mirando fijamente el techo.
La última vez que tuvo fiebre fue hace un año.
Leo estaba entonces de viaje de negocios en Milado.
Cuando ella lo llamó, allá era medianoche.
Pero aparte de la voz un poco ronca, Leo no mostró impaciencia.
Al contrario, le organizó todo.
Él debía volver al día siguiente, pero esa misma noche regresó.
La gente decía que Leo no entendía de sentimientos, pero ella no lo creía.
Ella se aferraba a él, engañándose a sí misma.
Ahora, al pensarlo, no era que él no mostrara impaciencia.
Era que su carácter siempre había sido así:
Sin importar lo que sintiera, rara vez lo exteriorizaba.
Conseguirle un doctor era algo que resolvía con una sola llamada.
Y adelantar el vuelo quizá fue porque ya había terminado lo suyo en el extranjero y necesitaba volver antes para ocuparse de asuntos locales.
Pero entonces, cuando era muy joven, ella se empeñaba en darle una interpretación personal a cada gesto de Leo.
No era madura, pero era inevitable.
Mientras pensaba en todo esto, la nariz y los ojos le comenzaron a arder.
Los sentimientos que había puesto en ello fueron reales.
Se había emocionado con su atención, se había perdido en la intensidad de su mirada.
La habitación vacía amplificó su tristeza.
Una lágrima resbaló lentamente por la comisura de su ojo y se hundió en la almohada.
Catalina se secó las lágrimas con la mano, sintiendo una profunda molestia.
No quería volver a llorar por Leo, pero por la noche se volvía sentimental y no podía controlar sus emociones.
Se incorporó y tomó el celular.
Para distraerse, abrió el juego que había estado jugando con Manuel durante la pausa del mediodía.
Pero después de una partida, perdió el interés.
Miró la hora.
Y eran las cuatro de la madrugada.

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