Debajo del edificio del jardín colgante, Catalina vio el auto que Leo había manejado hacía un rato.
De repente, le dieron ganas de reír.
Pensó que Laura había tenido algún problema otra vez, pero resultaba que era una cita.
Catalina perdió al instante las ganas de entrar.
Entró en una cafetería cualquiera, pidió un café y se sentó junto al ventanal a mirar el vacío.
Observando el flujo de autos y peatones, sola, sintió que su mente se calmaba.
Al rato, terminó el café.
Se levantó para irse.
Entonces, a través del vidrio, vio a Laura y a Leo caminando juntos por la acera.
Laura señalaba un rascacielos y le sonreía.
Parecía que ya habían estado allí antes.
Igual que aquella vez que los siguió hasta la Universidad Ajina:
Cada lugar guardaba hermosos recuerdos de ellos dos.
Y ella, como en ese momento, era una espectadora.
—Catalina —oyó de repente una voz conocida.
Volvió la cabeza y vio que Félix acababa de entrar justo a comprar café.
Vaya coincidencia.
—¿También piensas ir a ver ese famoso jardín colgante? —le preguntó Catalina.
Félix asintió:
—Sí, ¿tú también? ¿Quieres que vayamos juntos?
Catalina recordó que hacía un momento había visto a Leo y Laura afuera.
Ya debían haber terminado de visitarlo, así que aceptó.
Félix dijo sonriendo que le invitaba un café.
Catalina iba a rechazar porque ya había tomado uno, pero él señaló un producto nuevo:
—Justo quería probar esto, pero solo lo venden en par.
Catalina asintió:
—Está bien, me tomo otro.
Cada uno con su café, subieron al ascensor de vidrio.
Cuando la puerta estaba por cerrarse, alguien presionó el botón desde afuera.
Catalina vio quién entraba y se quedó paralizada.
Bajó la mirada y retrocedió un paso.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi ex esposo no me suelta