Noelia soltó una risa de repente:
—Suenas como si anduviéramos de amantes, jaja.
Catalina también se rio y se tapó la boca para no escupir la comida.
El ambiente estaba relajado y agradable, cuando de pronto Leo le escribió preguntándole dónde estaba.
Seguramente al llegar a cenar a casa y no verla.
Esta vez Catalina no había avisado a las sirvientas que no cenaría allí.
Apagó el celular y prefirió ignorarlo.
Por la noche, después de asearse, se acostó en la cama a ponerse la pomada.
Justo cuando terminaba, oyó que Noelia tocaba la puerta:
—Catalina, ahí está el maldito.
Catalina tardó un segundo en abrir:
—¿Quién es el maldito?
Noelia la jaló para que viera la pantalla de vigilancia.
Leo estaba parado justo afuera de la entrada, mirando la cámara con una expresión fría.
—¿Y él qué viene a hacer aquí? —preguntó Noelia—. ¿Vas a salir?
El celular de Catalina llevaba apagado desde que Leo le escribió el primer mensaje.
Sabía que él se iba a enojar, pero no esperaba que viniera directamente a casa de Noelia.
La verdad es que no era difícil dar con ella.
O estaba en el hospital acompañando a Yolanda, o en casa de Noelia.
—No le hagas caso —dijo Catalina, y se dio la vuelta para volver a su habitación.
Pero justo entonces, Noelia recibió una llamada del hospital:
—Srta. García, ¿confirma que quiere tramitar el traslado del Sr. David Cruz?
Cuando Catalina ingresó a su abuelo en el hospital, dejó dos contactos de emergencia:
El suyo y el de Noelia.
Catalina nunca había pedido ningún traslado.
Su mirada se heló al instante mientras miraba hacia la puerta.
Tomó el celular de Noelia y respondió:
—No se traslada.
—Noelia, voy a salir un momento —dijo Catalina.
Sabía que esa llamada había sido una amenaza de Leo.
Abrió la puerta, la cerró detrás de ella y preguntó con voz gélida:
—¿Qué quieres?
Leo no hizo gestos ni dijo más de la cuenta.
Solo echó un vistazo a su rodilla:
—Tan lastimada como estás, y todavía andas de un lado a otro.
Catalina soltó una risa fría:

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