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Mi Desamor Ideal (Adrián y Olivia) romance Capítulo 709

Capftulo 709

Paulina parecía asustada, todavía tenía en la cara señales de haber llorado; lo miraba con los ojos rojos e hinchados, como si hubieran cometido una enorme injusticia contra ella.

—¿Necesitas algo? —preguntó él.

—Adri... —La voz se le quebraba y las lágrimas estaban a punto de caer—. Tú... ¿ahora me odias?

Adrián guardó silencio un momento.

—No.

—Es solo que...—Paulina quiso explicarse.

Pero Adrián la interrumpió antes de que terminara.

—No pretendo reprocharte nada. Entiendo que a las chicas les guste verse bien. Me ayudaste, así que lo natural es darte un regalo. Es una cuestión de cortesía; tampoco me gusta deberle favores a nadie.

Las dos lágrimas que asomaban en los ojos de Paulina se quedaron ahí. Abrió los ojos de par en par.

—Tú... ¿me das regalos... porque no quieres deberme nada?

—Sí—dijo Adrián, mirándola fijamente, muy serio—.

Los favores que pueden saldarse con algo material son los más fáciles de pagar.

—Entonces... —Paulina lo miró, incrédula— ¿Dejarme trabajar en tu local, pagarme un sueldo y después ayudarme a conseguir empleo en el local de al lado...

también fue para saldar lo que me debías?

Adrián asintió.

—Agradezco mucho que me hayas ayudado.

A Paulina se le apagó la mirada, como si se hubiera quedado sin fuerzas. Retrocedió dos pasos y se le volvieron a llenar los ojos de lágrimas; esta vez no actuaba, eran de verdad.

—Entonces... ¿ahora también crees que soy vanidosa?

¿Olivia te dijo que soy vanidosa?

Adrián se puso serio, disgustado.

—¿Te llevas bien con Olivia porque se conocen desde hace mucho?

Por la mente de Adrián pasó la imagen de alguien que corría hacia él como una cierva y que, sin poder contenerse, daba una vuelta en el aire; también la imagen de las florecitas doradas que, bajo el árbol de la escuela, brillaban más que las estrellas cuando levantaba la mirada al cielo; cruzaron incontables encuentros casuales en los que ella, sin embargo, huía a toda prisa; y el billete de cinco dólares que le habían tendido frente a la cara...

Todo eso, ¿no contaba como tiempo compartido?

—Algo así —dijo.

Esta vez, al ver que Paulina ya no tenía nada más que decir, volvió a su local.

Paulina volvió al restaurante donde trabajaba desolada y se sentó con la mirada perdida. El gerente le pidió que saliera a recibir a los clientes, pero ella no lo escuchó.

Al pensar en el alboroto que ella había causado hacía un rato, el gerente endureció su tono.

Paulina volvió en sí, vio al gerente con una expresión seria, se quitó el uniforme del local y se lo lanzó a la cara.

—¡Renuncio!

De todas formas, no quería seguir ahí. Nunca había trabajado para ganar dinero.

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