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Mi Desamor Ideal (Adrián y Olivia) romance Capítulo 569

Capítulo 569 En ese momento, Adrián la miró a los ojos y, por un largo rato, no respondió.

Olivia asintió.

-Por lo visto, tú tampoco lo sabes.

-No, sí lo sé -se apresuró a decir Adrián.

Olivia se quedó esperando a que hablara.

-Sé que no tenía novia. -Adrián bajó la cabeza con una sonrisa, y cuando volvió a levantarla, su sonrisa era extraña-. Pero no sé quién es la bailarina.

Olivia arrugó la frente y se quedó pensando un largo rato. Recordó al hombre del sueño de la noche anterior, aquel que conducía a toda velocidad por la línea costera, y aun ahora, despierta, le parecía sentir todavía la fuerza y la vitalidad arrolladora que él desprendía.

-¿Qué sucede? -Adrián notó que su expresión era extraña.

Olivia suspiró.

-No sé cómo decirlo. A veces somos muy contradictorios. Él era una persona tan buena que pensar en que estuviera tan solo, sin que nadie lo haya amado, me parece una lástima. Pero, por otro lado, también pienso que, si alguna chica en serio lo amó, ¿cuánto habrá sufrido al perderlo? ¿Cuánto tiempo le habría tomado sanar? Así que no sé qué es mejor, que haya tenido novia o que se haya ido sin tenerla.

-¿Y tú cómo sabes que era bueno? -preguntó Adrián con una sonrisa-. Nosotros ni estábamos en el mismo salón; él y yo solo éramos compañeros en el equipo de básquetbol. Tú ni siquiera lo conocías.

Olivia puso los ojos en blanco.

-¿Acaso tú eres mejor?

Volvió a mirarle la cara y, en ese momento, Anna no estaba a la vista, así que no pudo contener el comentario mordaz.

-¿Cómo es que los patanes tienen a tantas chicas buenas que los quieren? ¡El cielo en serio no tiene ojos!

A Adrián se le descompuso la cara un momento, y forzó una sonrisa.

-Olivia...

Justo entonces llegaron la tutora y Camila con los demás. Olivia tomó sus cosas y salió con ellos.

Camila se dio la vuelta para despedirse de ellos y les dijo:

-Vamos a tomar algo juntos en la noche, ¿eh? Como quedamos.

-¿A dónde vamos hoy? -le preguntó Anna después de desayunar-. Ya recorrimos cada rincón de este pueblo.

Adrián lo pensó un momento.

-Vamos a ver el mar.

El pueblo estaba enclavado entre la montaña y el mar.

Parado en el sendero del acantilado, se podía ver la inmensidad del océano y, siguiendo la línea de la costa, una carretera larguísima que a lo lejos bordeaba el mar como una deslumbrante cinta esmeralda.

Adrián señaló esa carretera para que Anna la viera.

-Se parece a lo que veo en mis sueños. No sé por qué últimamente sueño siempre con lo mismo: veo a ese buen amigo mío, conduciendo una camioneta todoterreno, viniendo a toda velocidad por la línea costera hacia nosotros. Todos seguimos siendo jóvenes, yo, Olivia y varios de mis compañeros, y lo esperamos parados ahí. Él llega desprendiendo ese olor a gasolina y a brisa marina, viene hacia nosotros como un torbellino.

-Últimamente piensas mucho en esa persona, claro que en la noche vas a soñar con él -dijo Anna.

-No es eso. -Adrián respiró hondo-. Si te digo que no es eso, ¿me creerías?

Anna no entendía. Si no era eso, no lo era y punto, ¿ qué había de creer o no creer?

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