"7 de julio, lluvioso.
Hoy, en el Día San Valentín, Felipe me invitó a cenar comida francesa. Probablemente no sabía que es lo que menos me gusta. Me regaló un par de zapatillas deportivas, lo encontré ridículo; son de su gusto, no del mío. ¿Cómo podría romper de manera digna? Pero no quería perder mi lugar como su prometida. Después de todo, los Espinoza son una de las familias más ricas y conocidas de Altópolis."
"30 de julio, soleado.
Octavio me confesó sus sentimientos, y me sentí tentada. Es mucho mejor que Felipe, más masculino. Disfruté besarlo, algo que Felipe nunca puede darme. Pero esto no se lo puedo decir a Felipe. Aunque, llevar una doble vida tiene su encanto. No es como si fuera a casarme."
"19 de agosto, llovía.
Hice el amor con Octavio, y fue increíble. Lástima que él supo que no era mi primera vez. Mi primera vez fue durante un aguacero en el verano de mi primer año de universidad. Por suerte, Felipe no lo sabe. Después de dos años de noviazgo, lo máximo que hemos hecho es tomarnos de la mano. Empiezo a sospechar que Felipe no puede hacer más, ¿sería que su quemadura en la espalda y piernas le había afectado más de lo que pensé? Si termino casándome con él, ¿tendré que vivir con un discapacitado el resto de mi vida?"
...
...
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Las manos de Adda temblaban mientras deformaba los bordes del diario.
Brisa había imitado su letra a la perfección, llenando un libro entero.
Desde los pequeños detalles cotidianos hasta los grandes eventos en días especiales.
Incluso Adda se sorprendía de cuánto sabía Brisa.
Era como si hubiera invadido cada día, cada momento de su pasado.
Solo pensar en ello era escalofriante.
No es de extrañar que Felipe dijera que ella lo despreciaba, que lo detestaba hasta desear su muerte.
Este diario pintaba un mundo psicológico oscuro, distorsionado, que prefería mantenerse oculto.
Y Brisa había calculado bien, sabiendo que Felipe, con su orgullo herido, jamás confrontaría a Adda.
Había que admitir que Brisa era una maestra manipulando emociones.
El pánico y el horror de años atrás volvían como olas furiosas.
Su cuerpo temblaba involuntariamente, y la camisa ya estaba empapada en sudor frío.
Adda sabía que su depresión había vuelto, esta vez acompañada de síntomas físicos severos.
Había luchado contra la depresión grave desde el día que fue violada.
Desde ese día, las pesadillas la acosaban noche tras noche.
Y no podía confiar en nadie para desahogarse.
Su sueño empeoró.
Pero en aquel momento, sus síntomas todavía no eran tan graves.
Porque entonces, conoció al Doctor Enzo.

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