Isabela pensaba que un montón de reporteros la estarían esperando a la entrada de su empresa.
Sin embargo, cuando llegó, la entrada estaba tranquila. No había ni rastro de la prensa, y soltó un suspiro de alivio.
En el estacionamiento de la empresa, vio el coche de Álvaro.
Él estaba de pie junto a su vehículo. Al ver el coche de Isabela, una sonrisa iluminó su atractivo rostro. Se dio la vuelta, regresó a su auto y sacó un ramo de flores.
Así que había sido Álvaro quien le despejó el camino, evitando que la prensa la acosara.
—Isabela.
Álvaro se acercó con el ramo en brazos.
Isabela sintió que Álvaro era como un príncipe azul sacado de un cuento de hadas.
Su príncipe azul.
Álvaro le abrió la puerta del coche. En cuanto ella bajó, él le ofreció el ramo, mirándola con ternura.
—Gracias. Las flores son preciosas, me encantan.
Isabela aceptó el ramo.
Después de este incidente, pensó que, ya que la prensa de espectáculos los había fotografiado paseando juntos, lo cual era prácticamente una cita, bien podría aceptar la propuesta de Álvaro.
Podrían intentar salir juntos.
Salir durante uno o dos años, y si sentían que eran el uno para el otro y su amor se había fortalecido, estaría dispuesta a confiar en el matrimonio una vez más.
Aunque Elías también había salido en su defensa, todas las tormentas que había soportado en su vida habían sido provocadas por él.
Isabela pensó que si oficializaba su relación con Álvaro, tal vez Elías por fin se daría por vencido y dejaría de insistir.
En cuanto a ella, era absolutamente imposible que volviera con Elías.
No podían empezar de nuevo.
Sobre lo que Elías dijo, que si ella no se volvía a casar con él, se quedaría soltero para siempre... ese era su problema, no el de ella. No era como si ella se lo estuviera pidiendo.
Después de todo, él había permanecido soltero por Jimena durante tantos años.
—Me alegra que te gusten. De ahora en adelante, te traeré flores todos los días.
Isabela no sabía si le llegaría o no, pero era cierto que Jimena no lo estaba pasando bien últimamente.
Mientras hablaban, entraron en el edificio, subieron en el ascensor hasta el último piso y entraron en la oficina de Isabela.
—Isabela.
Justo cuando Isabela cerró la puerta de la oficina y se dio la vuelta, Álvaro la tomó por los hombros, la miró fijamente y le dijo con seriedad:
—Estemos juntos, ¿quieres?
—Te amo, y te trataré bien por el resto de mi vida.
Isabela le sostuvo la mirada por un momento, luego sonrió y dijo:
—Estar juntos toda la vida... ninguno de los dos sabe si podremos cumplirlo. Decirlo, por otro lado, cualquiera puede hacerlo.
Álvaro se puso ansioso.
—Isabela, yo sí puedo cumplirlo. Te lo juro. En realidad, no me interesan mucho las mujeres; si no, no habría estado soltero tanto tiempo. Pero lo que siento por ti es de verdad.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda