Ser la jefa también era agotador; las esperanzas de toda la empresa recaían sobre ella.
No se atrevía a relajarse ni un momento, temiendo que el negocio fuera mal, que no ganara suficiente dinero y no pudiera mantener a tantos empleados que habían apostado por ella.
Fue a servirse un vaso de agua y, después de tomar un par de sorbos, salió de su oficina con el vaso en la mano.
—Señorita Romero.
La secretaria la saludó al verla salir.
Isabela se acercó a su escritorio, echó un vistazo a lo que estaba haciendo y luego preguntó:
—¿Mis abuelos siguen esperando en la entrada de la empresa?
La secretaria respondió:
—No lo sé. Necesitaría preguntarle al personal de seguridad. Señorita Romero, espere un momento, voy a averiguar por usted.
Dicho esto, la secretaria marcó rápidamente la extensión de la caseta de seguridad. Colgó el teléfono enseguida y le dijo a Isabela:
—Todavía están allí, con toda la pinta de no irse hasta verla.
—Señorita Romero, ¿quiere que alguien los eche?
—No es necesario. Ya son mayores, con sus achaques. Si alguien los corre y apenas los toca, se van a tirar al suelo diciendo que los empujamos y se armará un problema. Si quieren esperar, que esperen.
»Con este calor, dudo que de verdad puedan aguantar sentados todo el día.
Dicho esto, Isabela regresó a su oficina. Se acercó a la ventana para mirar hacia abajo y pudo ver a dos personas sentadas en cuclillas afuera de la caseta de seguridad. No hacía falta preguntar para saber que eran sus abuelos.
Isabela los observó mientras bebía agua, sin sentir la más mínima pizca de compasión.
En ese momento, un carro se aproximó y se detuvo rápidamente frente a la empresa. Isabela vio a una mujer bajar del vehículo.
La distancia era considerable e Isabela no podía distinguir su rostro, pero por su figura, le resultaba muy familiar: era Jimena.
—No tengo tiempo, no la veré. Que se vaya a tomar aire fresco a otro lado.
«Jimena quiere jugar a la buena samaritana, trayendo a los Romero para entrar a mi empresa y burlarse de mí. Pues no le daré el gusto».
De todos modos, ya eran enemigas declaradas; no tenía por qué guardarle las apariencias.
Jimena ya había intercedido por Valentina dos veces, y en ambas ocasiones Isabela la había rechazado, lo que profundizó aún más el conflicto entre ellas.
Seguro que la visita de Jimena hoy no traía nada bueno.
La secretaria, con la respuesta de Isabela, informó a la caseta de seguridad. A partir de ese momento, los guardias ignoraron los bocinazos de Jimena y se negaron rotundamente a abrir.
Jimena estaba tan furiosa que le dieron ganas de estrellar el carro contra la reja.
Y casi lo hizo. Sin embargo, en el último instante, justo antes de chocar, frenó bruscamente y no llegó a impactarla.

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