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Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda romance Capítulo 946

—Estoy en la entrada del hotel donde se hospedan, me verán en cuanto salgan.

Álvaro dijo:

—Si les acomoda, podemos ir a platicar a una cafetería cercana; si no, también puedo entrar, solo tienen que bajar y llevarme a su cuarto.

—¿Nos invitas a comer, Álvaro? —preguntó Pablo—. Así platicamos mientras comemos.

Él había pedido comida a domicilio, pero con esas porciones no se llenaba. Y no era el único, los demás tampoco; al ser gente de rancho, acostumbrada a trabajar duro, siempre tenían buen apetito.

En la gran ciudad, la comida a domicilio era cara, servían muy poco y ni siquiera estaba buena, nada que ver con lo que preparaban en su restaurante de mariscos.

Álvaro aceptó sin rodeos:

—Está bien, hay un restaurante de comida rápida al lado del hotel, yo los invito.

Esperar que los llevara a un hotel de lujo era pedirle peras al olmo.

Unos diez minutos después, Álvaro y los Romero ya estaban sentados en el restaurante. Pidieron una mesa extra grande y ni así cabían todos.

Los que sobraban tuvieron que sentarse en otras mesas, pero los mayores se acomodaron en la principal.

Álvaro había accedido a invitarlos, pero con un límite: la cuenta total no podía pasar de los trescientos pesos. Si no fuera para poder hablar a solas con las personas que lastimaban a la mujer que amaba, jamás habría aceptado comer con ellos.

—¿Qué se puede comer con trescientos pesos? Con toda la lana que tiene, si no nos va a llevar a un restaurante de cinco estrellas, mínimo debería dejarnos pedir lo que queramos en este lugarcillo —se quejó Belén, la abuela de Isabela.

Álvaro replicó con voz grave:

—Si no fuera porque necesitaba un lugar para hablar con ustedes, ni siquiera gastaría trescientos pesos en invitarlos. ¡Miren cómo trataron a Isabela! Ella es la mujer que quiero, ¡y meterse con ella es meterse conmigo!

Belén respondió a la defensiva:

—¿Y de qué nos querías hablar, Álvaro? ¿Vienes a amenazarnos?

Pablo ya conocía las tácticas de esa gente de dinero, pues Elías los había tratado igual.

—¿Qué es lo que quieren? ¿Quién les dijo que vinieran a buscar a Isabela? —cuestionó Álvaro con dureza.

Pablo respondió con cinismo:

—Nadie nos mandó, vinimos por nuestra cuenta. Hace tiempo escuché a unos turistas hablar de la señora Silva, y así me enteré de que mi nieta ya era importante.

»Me da gusto que le vaya bien, pero no puede echarse a disfrutar sola y olvidarse de nosotros cuando seguimos viviendo en la miseria.

»Le tocó un buen dineral en el divorcio, tampoco le estamos pidiendo todo, solo que nos dé una parte para comprarnos una casita, un carrito para movernos y ya. Nosotros ya estamos viejos y a nuestros hijos no les alcanza para mantenernos.

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