—Así es, Isabela. Si te hiciste rica, tienes que llevarnos a todos contigo para que progresemos. Así la familia Romero también podrá ser una familia de alcurnia. Que te hagas rica tú sola es demasiado egoísta.
—Prima, yo quiero ser gerente. Consígueme un puesto de gerente, el sueldo no tiene que ser exagerado, con unos cincuenta o sesenta mil al mes está bien. Y como no tengo carro, asígname uno. Que la empresa me pague la gasolina, los viáticos y la cuenta del celular cada mes, con eso me conformo.
—Prima, yo también quiero ser gerente. No pasa nada si hay un gerente más, ¿verdad? A mí también dame un puesto de gerente, con el mismo sueldo y prestaciones que a mi primo mayor.
Los primos de Isabela empezaron a hablar uno tras otro, exigiendo que les diera puestos de gerencia, que les asignara carro y que les pagaran la gasolina, los viáticos y el teléfono. ¿Venían a trabajar o a que los mantuvieran como reyes?
—Isabela, escuchamos que después de divorciarte del gran heredero de la familia Silva te quedaste con varios cientos de millones en propiedades. Tú sola no te vas a acabar ese dinero. Tu mamá también se divorció y dicen que le tocó una buena parte —dijo Pablo Romero—: Los que vinimos hoy somos tus tíos y tías, todos somos tu sangre, parientes muy cercanos. Así que cómpranos una casa a cada uno.
»Ahorita que los precios de las casas han bajado, una casa de más de cien metros cuadrados sale en un millón y pico. Comprarnos una casa a cada uno no te costará mucho. Nosotros ya estamos grandes, no queremos carro ni trabajo, solo una casa.
Al ver que Isabela hablaba así, los Romero pensaron que iba a ceder. Pensaban que Isabela solo tenía a su madre, y como su madre se había divorciado del señor Méndez, la familia Méndez ya no era el respaldo de ese par de mujeres. Y la propia Isabela se había divorciado del señor Silva. Esas dos mujeres eran realmente estúpidas; treparon a ramas altas y no supieron valorarlo. Que los hombres tengan aventuras fuera de casa es normal, mientras les sigan dando dinero, ¿qué más da? Pero ellas prefirieron divorciarse. Dejaron de ser grandes señoras de sociedad por gusto. Aunque el divorcio les dejara una fortuna, comparado con el patrimonio de los Méndez y los Silva, lo que les tocó era una miseria.
Calculando la fortuna de Elías, lo que Isabela recibió no era ni una pizca. Sin embargo, si no se hubieran divorciado, ellos no se habrían atrevido a venir. Ese señor Silva daba miedo; les había advertido que si se atrevían a molestar a Isabela, haría que no pudieran ni mantener abierta su marisquería. Ahora toda la familia vivía de ese restaurante. Aunque el negocio no iba muy bien, al menos el local era propio y no pagaban renta, así que cualquier cliente al que lograran estafar era ganancia neta para ellos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda