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Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda romance Capítulo 921

Rodrigo tenía el rostro pálido como el papel; quería negar, pero las palabras no le salían.

Kevin e Ignacio Castillo habían pateado la puerta con tanta urgencia que ni él ni su secretaria tuvieron tiempo de arreglarse la ropa, mucho menos de limpiar el área de descanso. Jamás imaginó que Jimena también vendría.

Sabía que el padre y el hermano de Jimena no entrarían a la habitación privada, pero Jimena sí.

Y así fue. Jimena encontró la evidencia, no solo en la cama, sino también en el bote de basura.

Aunque se había acostado con la secretaria, tuvo la precaución de cuidarse; al fin y al cabo, solo buscaba un rato de diversión y novedad, no quería que ella quedara embarazada.

Solo quería tener hijos con Jimena y no tenía la menor intención de divorciarse.

Aunque Elías ya no protegía a Jimena como antes, ella seguía teniendo el respaldo de los Castillo. No se podía subestimar a su suegro ni a su cuñado. De hecho, Rodrigo le tenía cierto miedo a Ignacio; temía que le diera una paliza.

Jimena era la adoración de la familia Castillo, todos la consentían.

Quizás porque creció junto al Sr. Méndez y el señor Silva, los mayores siempre tuvieron cierta predilección por ella.

Él y Jimena eran una pareja de estatus similar.

Rodrigo no quería el divorcio ni tampoco enemistarse con la familia Castillo.

—Jimena.

Rodrigo se arrojó a los pies de su esposa, abrazándose a sus piernas, y la miró con desesperación para explicarse:

—Jimena, fue ella quien me sedujo. Me dijo que le gustaba desde hace mucho tiempo.

»Hace un momento Olivia vino a traerme una sopa, se puso celosa y comenzó a provocarme. Fue un momento de debilidad, perdí el control y cometí un error. Jimena, te juro que no volverá a pasar.

»Ahorita mismo la corro, la despido. A quien amo es a ti, siempre ha sido a ti.

Con eso admitió la infidelidad.

Kevin e Ignacio reaccionaron; el rostro de Kevin se endureció de inmediato.

Jimena solo lloraba sin decir nada.

Sin embargo, tomó unos pañuelos y se los dio a Rodrigo para que se limpiara la sangre.

Rodrigo tomó los pañuelos, se limpió la comisura de los labios y la nariz, y volvió a arrodillarse frente a ella suplicando:

—Jimena, perdóname, por favor, perdóname esta vez. Te prometo que no volverá a suceder.

»Te amo, solo te amo a ti. Nos conocemos de toda la vida, amor.

Jimena respondió entre lágrimas:

—Sí, nos conocemos de toda la vida, pero aun así me fuiste infiel. Me hiciste esto. Rodrigo, ¿crees que merezco esto?

»He dado tanto por la familia Méndez, les he traído tantos beneficios... ¿y así me pagas?

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