Tras una pausa, Álvaro añadió:
—Además, Elías y yo no hemos llegado al punto de ser enemigos mortales. No hay un odio profundo. Nos movemos en el mismo círculo social, nos vemos las caras constantemente.
—No vamos a llegar a extremos. Principalmente, ambos esperamos que, si el otro gana, te trate bien. Ya te lo dije: si me aceptas, haré que vivas una vida que todos envidien.
—Si eliges a Elías, también los felicitaré. Amar de verdad a alguien significa querer su felicidad, aunque no sea a tu lado.
Isabela quiso decir algo, pero no supo qué.
Álvaro conocía muy bien a Elías y, de la misma forma, Elías lo conocía a él.
Ciertamente, Elías le había comentado a Isabela un par de veces que Álvaro no era una blanca paloma, pero nunca entró en detalles sobre qué tenía de malo.
Álvaro a veces criticaba a Elías, pero solo usaba como argumento sus sentimientos por Jimena, lo cual era un hecho.
Esos dos rivales no eran como otros que se odian a muerte nada más verse.
En palabras de Álvaro, ambos querían que Isabela fuera feliz.
—Álvaro, come. Sírvete tú también, no solo me sirvas a mí.
Isabela cambió de tema, no queriendo hablar más de amor.
Álvaro cambió con naturalidad a temas de interés común, y ambos charlaron mientras comían, en un ambiente muy armonioso.
Isabela admitía que convivir con Álvaro era más cómodo que con Elías; Álvaro la respetaba, no actuaba con esa prepotencia constante de Elías.
Pero tampoco podía aceptar a Álvaro ahora, porque sabía que no estaba enamorada de él.
Después de comer, Álvaro llevó a Isabela de regreso a la empresa. Bebió un vaso de agua en la oficina de ella y se marchó para no quitarle tiempo de descanso, pues él también debía ir a la sala de descanso de su propia compañía.
Cuando ella salía de viaje, le gustaba ir ligera, sin tanto equipaje.
—Muchas cosas las mandamos por paquetería, pero compramos maletas extra para lo de la última parada y nos dio flojera enviarlas. Nos las trajimos directo: llegamos nosotros y llegan las cosas.
—Mamá, voy por ustedes ahora mismo. Pero van a tener que esperar un buen rato. ¿Por qué mejor no piden un Uber? Yo me voy a la casa y los espero allá.
Isabela se quejó un poco:
—Mamá, regresan antes y ni me avisas para esperarlos en el aeropuerto con tiempo. Me dijiste que los boletos eran para mañana.
—Nos cansamos de pasear y nos regresamos. Cambiamos los boletos para hoy de improviso, en el último vuelo; acabamos de aterrizar. Está bien, pediremos un coche. Tú sigue con lo tuyo, tampoco llegaremos tan rápido.
Desde el aeropuerto hasta la residencia de Isabela había más de una hora de camino, y si había tráfico, serían por lo menos dos.
—Mamá, que tú y mis tíos vengan directo a mi casa, ya quedamos en eso. Ya les tengo las habitaciones listas.

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