Jimena envidiaba a Isabela, no solo porque contaba con la protección de Elías y de Álvaro, sino también porque había logrado hacerse amiga de herederas de grandes familias como Melina y Carolina.
Jimena ni siquiera lograba captar la atención de Melina, y no entendía qué trucos había usado Isabela para que Melina la considerara su amiga y la tratara tan bien.
—Lo que hagan mis amigas no es asunto tuyo. Te repito lo mismo: no acepto el acuerdo. Valentina es demasiado arrogante y necesita aprender la lección.
—Señora Jimena, no pierda más su tiempo aquí. No voy a cambiar de opinión, así que por favor, retírese.
Isabela presionó el intercomunicador y llamó a su secretaria para que escoltara a la visita.
Jimena resopló furiosa:
—No hace falta que me corras, me voy sola. Isabela, el karma te va a llegar y vas a acabar muy mal.
Dicho esto, agarró el fajo de billetes, lo metió en su bolso, se lo colgó al hombro y salió hecha una furia.
—Señorita Romero, la señora Jimena dice que rentó una oficina frente a nosotros y va a abrir su propia empresa —comentó la secretaria.
—Lo sé, ayer me la encontré y me lo dijo. Quiere robarnos el negocio.
Isabela levantó su termo para beber agua, pero al abrirlo vio que estaba vacío.
La secretaria, siempre atenta, se adelantó para tomar el termo de sus manos.
—Señorita Romero, voy a servirle agua.
En poco tiempo, la secretaria regresó con el agua.
Isabela bebió un poco, dejó el termo en la mesa y dijo:
—No le hagas caso. Nosotros a lo nuestro y ella a lo suyo. Los clientes que ella pueda robarnos son clientes que de todos modos no nos pertenecían.
Jimena no sabía nada de miniseries. Aunque entrara al negocio, no era seguro que tuviera éxito; tal vez terminaría perdiendo hasta la camisa.
Tras pensarlo un poco, Isabela añadió:
—Además, no podemos impedírselo, es un país libre.
La secretaria afirmó con convicción:
—¡Yo creo en usted, señorita Romero, y creo en nuestra empresa!
Isabela sonrió levemente.
En cuanto vio a Álvaro salir del elevador, la secretaria le dijo sonriendo a Isabela:
—Señorita Romero, mejor me voy a comer yo sola.
Se metió rápido al elevador sin esperar a Isabela.
Si el señor Morales estaba aquí, seguro que la jefa comería con él.
Ella no quería hacer mal tercio.
Álvaro le extendió el ramo de billetes a Isabela y dijo con una sonrisa:
—Estas flores no se marchitan. Puedes guardarlas el tiempo que quieras.
Isabela tomó el ramo.
—Este ramo pesa demasiado, me da miedo cargarlo por ahí.
—No pesa. Acéptalo con confianza, de ahora en adelante siempre te regalaré ramos así.
—No, no, no, ya no me regales más. Álvaro, de verdad, no vuelvas a traerme ramos de este tipo, me da ansiedad cargar con esto.

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