—Yo no los maté. No hice absolutamente nada —dijo Ulises Peña—. Los que hicieron el trabajo fueron mis hombres, no yo.
—Si tú no se lo hubieras ordenado, ¿acaso lo habrían hecho? —replicó Isabela Romero.
Al escuchar a Ulises hablar así, Isabela supo que aquellos dos guardaespaldas probablemente habían corrido con la peor de las suertes. Ella los había arrastrado a esa tragedia.
—Yo solo di la orden, no me ensucié las manos.
Isabela apretó los dientes, llena de rabia. Deseaba con toda su alma hacer pedazos a Ulises.
*¿Por qué el destino había permitido que un demonio desquiciado como él volviera a la vida? ¿Acaso era para desatar una tragedia sobre ella y Elías Silva? ¿O era una retorcida prueba para ambos?* Ella y Elías ya estaban divorciados; no necesitaban pasar por ninguna otra maldita prueba.
—¿Qué pasa? ¿Quieres vengarlos? —se burló él, notando su mirada asesina—. Me ves como si quisieras comerme vivo. Si quieres comerme en la cama, por mí encantado.
Isabela no lo pensó dos veces y le lanzó una bofetada.
Pero Ulises fue más rápido. Le atrapó la muñeca en el aire, manteniendo esa sonrisa cínica en el rostro.
—Isabela, sé que cuando pierdes la cabeza sabes defenderte muy bien, pero eso funciona con gente común. Con alguien que sabe pelear como yo, un solo brazo me basta para dejarte en el suelo.
—Isabela, he sido paciente contigo porque recuerdo lo injusta y trágica que fue tu muerte en el pasado, y porque al igual que yo, recibiste una segunda oportunidad. Pero no te creas intocable. No pienses que no me atrevería a lastimarte.
Ulises le soltó la mano de un tirón y se dio la vuelta para marcharse. Tras dar un par de pasos, giró la cabeza y añadió:
—Esos dos guardaespaldas no están muertos.


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