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Meta de renacer: O me hago rica, o me hago viuda romance Capítulo 1256

—Mamá, será mejor que regrese a casa. Mañana mande al abogado a hablar con Jimena. Hágale entender que si quiere una condena más leve y recuperar su libertad pronto, debe confesar todo lo que sabe.

Rodrigo prácticamente estaba echando a su suegra de la casa.

En lo que respectaba al problema de Jimena, no tenía intención de ayudar, ni tampoco sabía cómo hacerlo.

La señora Castillo le recriminó:

—Rodrigo, ¿cómo puedes ser tan cruel y despiadado? Jimena y tú son marido y mujer, crecieron juntos, son amigos de la infancia. No puedes dejarla tirada solo porque cometió un error.

—La desprecias, ¿verdad? Pero no te olvides de que tú también fuiste infiel. Tú también la traicionaste. Ella estaba inconsciente cuando pasó lo suyo, pero tú lo hiciste con toda la intención, estabas en tu sano juicio cuando te metiste con esa cualquiera.

Lejos de ofenderse por las acusaciones de su suegra, Rodrigo respondió con calma:

—Mamá, usted no entiende cómo están las cosas entre nosotros. Lo único que le puedo decir es... que le prometí a Jimena que no le pediría el divorcio, y lo cumpliré.

—Mamá, no soy un dios, no puedo arreglarlo todo. Si esto se pudiera solucionar pagando, juro que pondría el dinero sin pensarlo para sacarla de ahí, pero esta vez el dinero no sirve de nada.

—La familia Morales no la va a perdonar, tarde o temprano irá a la cárcel. Este ya no es un asunto menor.

—Sé que está desesperada, mamá, y sé cuánto sufre por ella. Yo también me preocupo. Sé que no se había recuperado del todo antes de que la encerraran y me angustia pensar en lo mal que la debe estar pasando allá adentro, pero preocuparnos no sirve de nada.

—Cometió un error gigantesco. ¡Un secuestro, por Dios! Menos mal que la familia Morales fue rápida y lograron rescatar a Carolina a tiempo, sin que le hicieran daño. Si a esa niña le hubiera pasado algo grave, los Morales se habrían asegurado de que Jimena se pudriera en la cárcel de por vida.

La señora Castillo estaba verde de rabia, pero no podía refutar nada. Sabía que su yerno tenía toda la razón.

Esta vez, su hija se había equivocado de la peor manera posible.

Tomó su bolso, se puso de pie bruscamente y salió con el rostro ensombrecido.

Rodrigo le ordenó al mayordomo que la acompañara a la puerta.

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