Él había sido un patán, un cabrón, todo había sido culpa suya.
No debió jugar con los sentimientos de Isabela, ni fingir que le gustaba para utilizarla. Los celos que la consumían y sus peleas constantes con Jimena... todo era porque ella lo amaba.
Pero durante sus tres años de matrimonio, aparte de darle un poco de dinero para que no le faltara nada material, lo único que le dio fue sufrimiento.
Cuando ella le pidió el divorcio, él se había ofendido por orgullo, negándose a darle un solo peso y exigiéndole que se fuera con las manos vacías...
¡Le había fallado a Isabela!
Pensaba que, cuando se le bajara el coraje, le enviaría algo de dinero para compensarla. ¡Y resulta que ahora estaba muerta!
Jamás podría compensarla, ni siquiera podría pedirle perdón.
¿La persona que mató a Isabela era realmente Jimena?
¿Por qué haría algo así?
Él había tratado mucho mejor a Jimena que a Isabela. Ya se había divorciado de Isabela, ¿qué necesidad tenía Jimena de asesinarla?
—Elías, ¿volviste a tomar anoche, verdad? Apestas a alcohol todavía.
Elías guardó silencio.
—¿Por qué me ves así? Elías, estás muy raro hoy.
Jimena notó que él estaba diferente.
Lo miró a los ojos y su mirada chocó con la de él, que era fría como el hielo, con una expresión excesivamente seria.
Jimena se quedó desconcertada un momento.
—Tú termina de comer, Jimena. Cuando termines, te voy a preguntar algo —dijo Elías con voz profunda.
Él sabía que, si le hacía la pregunta ahora, a ella se le quitaría el apetito por completo.
Antes de venir, ya le había enviado el video de las cámaras de seguridad a su abuela. Ella ya de por sí le guardaba rencor por seguir consintiendo y queriendo a Jimena después de casarse, diciéndole que no tenía vergüenza, que no amaba a su propia esposa pero sí a la de otro.
Por eso, estaba seguro de que su abuela llamaría a la policía para que arrestaran a Jimena.
Una vez detenida, Jimena ya no podría disfrutar de un desayuno como este, ni tendría ánimos para probar bocado.
Por el cariño de haber crecido juntos, esperaría a que terminara de comer para interrogarla.
¿Convencería a la señora Jimena de entregarse o decidiría encubrirla y deshacerse del personal para silenciarlos a todos?
Menos mal que había guardado otra copia del video y había escrito una carta de despedida que le envió a su propio esposo.
Ese video lo consiguió después de la tragedia, cuando fue a revisar en secreto el circuito cerrado y lo descargó.
Tenía miedo de que la señora de la casa los matara para borrar las pruebas y que la verdad nunca saliera a la luz.
Y es que, el día que la señora Jimena volvió del hospital, borró inmediatamente todas las grabaciones.
—Señora, sálgase un momento. Quiero platicar a solas con la señora Jimena —le ordenó Elías al ama de llaves.
La mujer asintió, aunque miró a Elías de reojo varias veces. Era imposible descifrar lo que pasaba por su cabeza solo viéndole la cara. ¿Qué había decidido?
Cuando la empleada salió, Elías se dirigió a Jimena:
—Jimena, el día que me divorcié de Isabela y ella se fue de la casa, ¿le mandaste un mensaje a Sofía para preguntarle al respecto?
—Sí, le pregunté a Sofía. Como decían que se iban a divorciar, quería saber si era verdad —admitió Jimena con total tranquilidad.

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