—Abuela...
Murmuró Elías.
Sin embargo, cuando ella le prestó atención, él se quedó en silencio.
Se hizo un nuevo mutismo.
Al parecer, luego de pensarlo fríamente, sacó su celular y le reenvió el video del mayordomo de los Méndez a su abuela.
Tenía miedo de que, al confrontar a Jimena en la casa de los Méndez, ella le llorara, le rogara y lo obligara a borrarlo.
Así que prefirió mandárselo a su abuela para asegurarse. Si él cometía el error de encubrir a Jimena, su abuela tendría las pruebas de cómo asesinó a su exsuegra, podría denunciarla y salvar a su nieto de convertirse en cómplice.
Al mandar el mensaje, se puso de pie y se dirigió a ella:
—Me voy a la casa de la familia Méndez, abuela.
Sin esperar a que respondiera, se giró sobre sus talones y salió caminando a pasos agigantados.
Su abuela quiso detenerlo, pero al ver tanta determinación en él, decidió tragarse las palabras.
Esperó a perderlo de vista antes de apartar la mirada para revisar el video que le acababa de llegar.
Al reproducirlo, el susto fue mayúsculo.
Ella, a pesar de ser una mujer hecha y derecha que había vivido de todo, sintió un sudor frío bajando por su espalda.
Jimena...
La señora no se había suicidado... ¡Jimena la había aventado y había hecho creer a todos que había saltado sola!
¿Cómo se había enterado Eli?
¿De dónde había sacado eso?
Fátima ató cabos, recordando al personal que trabajaba para los Méndez y lo sanguinaria que era Jimena. Si un trabajador había sido testigo de esto, lo más probable es que Jimena se deshiciera de él también. Así que, quizá por instinto de supervivencia o para limpiar su conciencia, alguno le había mandado esto a su nieto.
Seguro sabían que Eli estaba moviendo cielo y tierra para encontrar al asesino de Isabela.
Con razón Eli no intercedió por Jimena cuando ella le exigió investigarla, asintiendo a sus recomendaciones tan rápido.
Resultó que no solo la tenía en la mira, ¡sino que ya tenía las pruebas para refundirla!
—Ni loca echaría mi futuro a la basura por su culpa.
Al fin y al cabo, ella era una niña de sociedad, de una familia rica. No valía la pena joderse la vida entera por culpa de una mujer desechada.
Podía ser altanera, chiflada y creerse la reina de Roma, pero jamás cruzaría la línea del homicidio.
Sabía perfectamente hasta dónde llegar.
—Qué bueno —contestó la abuela.
Y agregó:
—Dile al ama de llaves que nos prepare un carro, mientras yo hablo a la policía.
Teniendo el video como prueba, no podía darse el lujo de retrasar el reporte.
Por mucho que Jimena borrara los archivos, había pasado muy poco tiempo, por lo que los expertos podrían recuperar la información para certificar la autenticidad del material.
Aquel video era el comprobante innegable de la culpabilidad de Jimena.

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