Elías Silva despertó de su borrachera. Al ver el entorno familiar, su mente se quedó en blanco por un momento.
Poco a poco, empezó a recordar.
Los cuerpos de Isabela Méndez y su madre habían sido cremados. El dolor fue tan insoportable que se dedicó a beber hasta emborracharse.
Isabela...
Al pensar en la trágica muerte de Isabela, sintió unas punzadas en el pecho.
Sus ojos se humedecieron y las lágrimas amenazaron con salir.
Como estaba solo en la habitación, podía darse el lujo de llorar sin que nadie lo viera.
El sonido de su celular lo interrumpió.
Soportando el dolor de cabeza, se levantó, tomó el celular y vio que era una llamada del mayordomo de la familia Méndez. Le pareció raro. ¿Por qué lo llamaría él?
¿Le habría pasado algo a Jimena?
El mayordomo solo lo contactaría si Jimena estuviera en problemas.
Al pensar en eso, Elías contestó de inmediato.
Ya había perdido a Isabela, no podía permitir que le pasara nada a Jimena.
—Bueno, ¿qué pasa? Su señora...
—Señor Silva, ayúdeme, por favor, no quiero morir.
Elías no entendía nada.
—Señor, ¿qué le pasa? ¿Por qué dice que va a morir?
—Señor Silva, le voy a mandar un video ahorita mismo. Cuando lo vea, entenderá todo. No sé si voy a salir vivo de esta, así que le mando la única prueba que tengo. Si algo nos llega a pasar, al menos todos sabrán por qué.
Dicho eso, el mayordomo colgó.
Enseguida, Elías recibió el video en su celular.
Como él visitaba frecuentemente a la familia Méndez y se llevaba muy bien con Rodrigo y Jimena, conocía perfectamente al mayordomo; de hecho, lo tenía agregado en WhatsApp.
Y no era la primera vez que le mandaba videos o fotos.
Cada vez que Isabela visitaba a su familia y se peleaba con Jimena, el mayordomo grababa la discusión y se la enviaba.
Elías abrió el video con desconfianza. Al verlo, se le fue el color del rostro.
La mano que sostenía el celular le temblaba.
«¿Cómo es posible? ¿Cómo es esto posible?»
—Pero, ¿a dónde vas?
Sofía caminó detrás de él, interrogándolo.
—¿Sigues buscando al culpable? Isabela ya está muerta, y los secuestradores también. Ya se hizo justicia por ella. Hermano, mejor... déjalo por la paz. Ya no le rasques más.
Sofía estaba muerta de miedo.
Tenía pavor de que la verdadera culpable fuera Jimena Castillo.
Porque, si era así, ella había sido cómplice indirecta de la muerte de Isabela.
—Isabela y los secuestradores muertos al mismo tiempo... Es demasiada coincidencia. Seguro alguien dio la orden. Si no encuentro a quien movió los hilos, ella jamás podrá descansar en paz.
—¡Tengo que encontrar al autor intelectual!
Sofía se le adelantó y le cerró el paso.
Bajó la voz y le preguntó:
—Hermano, ¿y si descubres que el culpable es alguien que ni te imaginas? ¿Qué vas a hacer?
Elías respondió con frialdad:
—No me importa quién sea. En cuanto encuentre al responsable, lo voy a refundir en la cárcel para hacerle justicia a Isabela. No voy a permitir que su muerte quede impune.

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