La tela de color rojo intenso resaltaba frente al edificio grisáceo como si fuera una herida abierta. Llevaba escrito en letras negras y gruesas:
«¡Hija ingrata, Emilia! ¡Se roba la pensión de sus padres! ¡No contesta el teléfono, no vuelve a casa! ¡Es imperdonable!»
Debajo de la pancarta había dos personas: sus propios padres.
Los dedos de Emilia se aferraron con fuerza a la manija de la puerta del auto. La ansiedad y la asfixia que sentía en su interior casi la ahogan al instante, pero luchó por reprimir sus emociones.
Orfeo no apagó el motor; la miró de reojo y condujo el coche directamente hacia el estacionamiento subterráneo.
—¿Esos son tus padres? —preguntó.
Emilia asintió. —Sí. Lo siento.
—Haré que el personal de seguridad se encargue. —Orfeo habló con tono suave—. Espero que tu nivel de concentración en el trabajo siga intacto. Esta noche tengo un recital.
—Lo sé. —Emilia respiró hondo—. No retrasaré el trabajo.
La preparación previa para un recital era tan complicada que parecía una guerra silenciosa.
Los conciertos de Orfeo no eran presentaciones comunes; eran eventos de esos en los que no quedaba ni un asiento vacío y los revendedores inflaban los precios hasta las nubes.
Cuando Emilia subió desde el estacionamiento, su rostro había recuperado ese nivel de profesionalismo hermético. Parecía que la pancarta de allá abajo, esas dos personas que llevaban paradas tres días, y las voces que gritaban «hija ingrata» frente a las cámaras, no tenían absolutamente nada que ver con ella.
Orfeo se fue a la sala de ensayos a practicar.
Emilia, sentada en la oficina, procesó treinta y siete correos electrónicos desde su tableta, confirmó los horarios de entrevistas con catorce medios, repasó tres veces el diseño de iluminación con el director de escenario y verificó el catering y los arreglos de los camerinos para la noche.


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