Sabía desde cuándo ella había empezado a amarlo, sabía que la había juzgado mal, y sabía que ella deseaba pasar el resto de su vida a su lado.
Ahora lo sabía todo.
Aunque se había dado cuenta un poco tarde, no importaba; les quedaba toda una vida por delante. A partir de ese momento, la pondría en un pedestal, la mimaría y la adoraría para compensar todas las equivocaciones del pasado.
Al pasar un par de minutos sin que Renato respondiera, Magdalena volvió a preguntar:
—¿Qué es lo que entiendes ahora?
Renato levantó la mirada y contempló su rostro, que aún conservaba un tono sonrosado. Acarició suavemente su mejilla con el pulgar, con los ojos oscuros brillando de ternura:
—Sé que siempre he estado en tu corazón.
Magdalena le reprochó con dulzura:
—¿Acaso no lo sabías ya?
Renato bajó la mirada hacia ella con una sonrisa asomando en los ojos, y de sus labios escaparon un par de palabras:
—Así es.
Pero nunca imaginó que sus sentimientos se habían despertado muchísimo antes.
Se quedaron en la habitación por más de dos horas. Cuando Fabiola tocó a la puerta, por fin salieron. A diferencia de la evidente tranquilidad de Renato, Magdalena tenía el rostro encendido y los labios hinchados de tanto besar.
Fabiola miró a Renato y luego el rostro sonrojado de Magdalena, sintiendo un nudo en el pecho, lleno de amargura:
—Renato, Magdalena... Susana me pidió que los llamara.
Magdalena tosió levemente, tratando de parecer indiferente:
—De acuerdo, enseguida vamos.
Magdalena y Renato caminaban adelante, y Fabiola los seguía. Al ver a la pareja perfecta frente a ella, apretó los puños, sintiendo una punzada de dolor en las entrañas.


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