Fabiola salió de la habitación ya vestida, con los ojos hinchados y rojos, con el rostro empapado en lágrimas.
—¡Renato, él me obligó! ¡Voy a denunciarlo, abusó de mí!
Renato apretó los puños, lleno de furia, como si una bestia salvaje rugiera en su pecho. Le dio un puñetazo brutal a Sebastián en la cara. Parecía que no era suficiente y estaba a punto de darle una paliza, pero Ignacio y los demás lo detuvieron.
Sebastián, con la cabeza ladeada por el golpe, se pasó la lengua por dentro de la mejilla, escupió un poco de sangre y dijo sin prisa:
—Hermano, desde niños siempre me has cedido todo. Al final, es solo una mujer. Rara vez te pido algo, así que esta vez concédemelo.
Renato siempre había creído que, si la familia era buena con su hermano, tarde o temprano borrarían el resentimiento de su corazón. Nunca imaginó que empeoraría de esta manera.
Sebastián se cruzó de brazos y se apoyó contra la pared. Miró los puños de Renato, que crujían de la fuerza con la que los apretaba, y con una sonrisa perversa, se dirigió a sus padres:
—Papá, mamá, ayúdenme a convencerlo.
Después del accidente en la pierna de Sebastián, los doctores habían dicho que la probabilidad de recuperación era casi nula. Fueron los matones con los que Ignacio se había cruzado quienes causaron el daño, por lo que su padre era el que sentía más culpa de todos.
Ignacio deseaba compensar a Sebastián con toda su alma. Por eso, al escuchar sus palabras, fue incapaz de negarse. Tuvo que reunir el valor para decirle a Renato:
—Renato, ya que a Sebastián le gusta, por favor, acéptalo.
Susana miró a su hijo mayor con una súplica evidente en los ojos, y con voz entrecortada le rogó:
—Renato, es lo que le debemos a tu hermano.
Fabiola lloraba a mares, sacudiendo la cabeza sin parar hacia él, con su hermoso rostro bañado en lágrimas.


Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me Casé con el que Pagó Mi Venganza