Don Ignacio y los demás se quedaron en el hospital poco más de una hora. Al irse, Susana propuso que Zoraida se quedara para cuidar a Magdalena.
—No es necesario, yo estoy aquí —respondió Renato.
Susana se sorprendió. ¿Acaso insinuaba que no iría a la oficina hasta que Magdalena fuera dada de alta?
Le respondió en un tono sereno.
—Zoraida ha estado conmigo mucho tiempo, tiene experiencia. Tú eres hombre, no tienes el mismo tacto para los detalles. Además, también está Noé. No vas a poder cuidar de los dos tú solo.
Zoraida se quedó en el hospital. En cuanto los demás se fueron, justo cuando la mujer estaba por preguntarle a Magdalena si quería descansar, vio cómo Renato la ayudaba a recostarse, la arropaba con cuidado y le susurraba.
—Descansa un rato.
Magdalena asintió. Abrazó suavemente a Noé, que ya se había quedado dormido, y cerró los ojos.
Una vez que se durmió, Renato regresó al sofá, encendió la computadora que Camilo le había traído y comenzó a revisar asuntos del trabajo.
Con la madre y el bebé durmiendo, y el hombre ocupado en sus tareas, Zoraida se sentó junto a la cama sin atreverse a hacer el menor ruido.
Durante todo el tiempo que Magdalena estuvo internada, Renato no se despegó del hospital.
No solo Don Ignacio y Susana, sino incluso Camilo sentían que el hombre finalmente mostraba un lado humano.
Ya no era el témpano de hielo que solo tenía ojos para los negocios.
Santiago y Liliana, que probablemente se habían enterado por el abogado Zavala, fueron a visitarla un día llevándole una canasta de frutas.
Renato estaba de pie junto a la ventana hablando por teléfono. Al escuchar que abrían la puerta, miró hacia atrás. Santiago y Liliana lo saludaron con un respetuoso "Presidente Jiménez". Él asintió levemente y salió de la habitación sin cortar la llamada, dejándolos a solas con ella.
Al verlos, Magdalena se sorprendió.
—¿Qué hacen aquí?
Santiago dejó la canasta de frutas sobre la mesa.
—Qué ingrata eres, ni siquiera nos llamaste para avisar. Menos mal que la directora Liliana y yo siempre pensamos en ti.
—Lo hice para que no gastaras. Quería dejarte algo de tus ahorros para la boda —bromeó Magdalena.
Liliana se inclinó para mirar a Noé.

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