Yahir, de pie detrás de él, preguntó con evidente preocupación:
—Señor Sebastián, ¿cree que Paula abra la boca y lo mencione a usted?
Sebastián mantuvo su expresión completamente tranquila.
—Solo la ayudé a pagar todas sus deudas, no hice nada más.
Yahir se guardó sus palabras. Al fin y al cabo, había sido él quien le contó a Paula todo lo que la había llevado a perder la cordura.
El elevador llegó al primer piso y las puertas se abrieron. Sebastián no se movió. Yahir lo miró extrañado.
—Averigua exactamente qué fue lo que ocurrió en ese accidente —ordenó.
—Sí, joven Sebastián.
...
Lázaro Guzmán aún estaba en la sala de operaciones. Ni Andrés ni Mateo estaban de humor para saludar o hablar con Renato.
Renato permaneció sentado junto a Magdalena en las sillas de espera. Mateo hacía guardia en la puerta de urgencias y Andrés caminaba de un lado a otro con impaciencia.
Tras varias horas interminables, la luz roja finalmente se apagó. Los médicos y enfermeras salieron.
Magdalena se levantó de un salto. Andrés y Mateo fueron más rápidos y ya los rodeaban.
—¿Cómo está? —preguntó Andrés.
El cirujano se bajó el cubrebocas.
—La operación fue un éxito. El paciente está fuera de peligro.
Una ola de inmenso alivio y débiles sonrisas cruzaron los rostros exhaustos de los presentes.
Un poco después, dos enfermeras salieron empujando la camilla de Lázaro. Tenía la cabeza vendada, una cánula de oxígeno en la nariz y una vía intravenosa conectada en el dorso de la mano derecha. Una joven enfermera sostenía la bolsa de suero.
Lo trasladaron a una habitación estéril a la cual no se les permitía ingresar. Solo pudieron observarlo a través del cristal.
Poco después, el sonido frenético de unos tacones retumbó por el pasillo. Irene Blanco llegó casi sin aliento.
—Mateo, ¿cómo está?

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