Pasado el Año Nuevo, Renato comenzó a trabajar. Las responsabilidades en la empresa eran muchas, por lo que regresaba bastante tarde por las noches.
Algunas veces Magdalena lo esperaba, pero cuando el cansancio la vencía, se quedaba dormida.
Esa noche, alrededor de las diez y media, sintió hambre. Se puso un abrigo sobre el pijama y bajó a buscar algo de comer.
Los empleados ya se habían retirado a descansar. En la sala de estar solo quedaba una luz tenue, cuyo resplandor cálido aportaba una hermosa tranquilidad a la noche.
Entró a la cocina, abrió el refrigerador y dio un vistazo. Había de todo. Sacó un paquete de comida congelada, encendió la estufa para calentar agua, y una vez lista la comida, salió con su plato para sentarse a cenar en el comedor.
A mitad de su comida, escuchó un ruido proveniente de las escaleras. Al levantar la vista, vio a Sebastián bajando apoyado en su bastón.
Ella lo miró por un segundo y luego apartó la vista. Sebastián entró a la sala, se acercó al dispensador, se sirvió un vaso con agua y caminó hasta el comedor para sentarse frente a ella.
Ahora ya no podía fingir que no lo veía. Levantó la mirada y le dedicó una leve sonrisa.
—¿Aún no te acuestas?
—¿Tú tampoco, verdad? —El rostro de Sebastián era sumamente apuesto. Aunque tenía rasgos finos, no perdía ni un toque de masculinidad; especialmente cuando sonreía, desprendía un encanto cautivador que trastornaba a cualquiera.
Al ver que ella comía con apetito, Sebastián preguntó:
—¿Queda más?
Ella lo miró extrañada. Notó que él observaba su plato y respondió con total calma:
—No. —Hizo una pausa y añadió—: Si quieres comer, prepárate algo tú mismo.
Sebastián arqueó una ceja.
—Magdalena, dejando de lado que mi pierna no me permite estar de pie por mucho tiempo, cocinar esto puede ser sencillo, pero la verdad es que no tengo nada de práctica. Así que, te lo encargo.
—¿Y Fabiola? —A excepción de Renato, ella no tenía ninguna intención de cocinar para otro hombre.
Sebastián respondió sin titubear:
—Ya se durmió.

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