Tras semejante incidente, nadie regresó a la Mansión Jiménez; cada quien se fue a su respectivo hogar.
Después de la cena, Susana llamó a Magdalena a solas.
—Dime la verdad, ¿fuiste tú quien empujó a Sabrina?
Magdalena miró el rostro severo de su suegra y contestó con firmeza:
—Ella se cayó sola.
Susana no ocultó su escepticismo.
—La he visto crecer. Es una niña ingenua y buena, no sabe mentir.
Justo cuando Magdalena abrió la boca para defenderse, Renato empujó la puerta y caminó con paso firme hasta situarse a su lado.
—Mamá, ¿insinúas que Magda está mintiendo?
Susana no esperaba que él entrara tan de repente.
—Solo estoy analizando los hechos de forma objetiva.
La voz de Renato emanaba un frío intenso.
—Si Sabrina fuera tan ingenua y buena, no se habría convertido en la amante de alguien más, destruyendo una familia.
Susana lo miró con los ojos muy abiertos, completamente perpleja.
—¿Qué dijiste?
La expresión de Renato no alteró un solo músculo.
—Ese hombre es Javier Huerta.
El escándalo de divorcio de Javier Huerta por culpa de su amante había sido noticia de primera plana en toda la ciudad; incluso había salido en los periódicos.
La propia Susana, mientras jugaba a las cartas con sus amigas, las había escuchado hablar del tema.
Recordaba cómo, entre risas y cartas, criticaban a las jóvenes de ahora por no tener amor propio, asegurando que esa amante seguramente solo iba tras el dinero de Javier.
Tardó un largo momento en asimilar el golpe.
—¿Cómo es posible que Sabrina...?
Sabrina tenía un rostro ovalado y delicado, una apariencia tan pura que siempre parecía la niña buena e inofensiva perfecta frente a los mayores.

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