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Me Casé con el que Pagó Mi Venganza romance Capítulo 378

Tras terminar con todo, dejó escapar un largo suspiro, se apartó el cabello húmedo pegado a la frente, se quitó la ropa para escurrir el agua de lluvia, volvió a vestirse y salió de la habitación.

Nada más salir, la gélida brisa de la montaña lo golpeó. Al llevar la ropa mojada, no pudo evitar estornudar.

El fraile Raúl se acercó con una infusión caliente en las manos. Al verlo aún con la ropa empapada, le dijo:

—Señor, ¿por qué no se ha cambiado? Se va a enfermar si sigue así.

Al recordar las modestas túnicas grises del santuario, Renato frunció el ceño de forma casi imperceptible:

—¿El Árbol de los Deseos que está afuera tiene las peticiones de todos los visitantes? ¿Incluyendo la de mi esposa?

El fraile Raúl asintió con la cabeza y murmuró:

—Oh, así que es su esposa. Pensé que era la novia del muchacho que vino con ella hoy.

Al darse cuenta de su indiscreción, y notando la expresión ensombrecida de Renato, el chico sacó la lengua. Tenía unos doce años, mejillas regordetas y, al sonreír, su rostro irradiaba una calidez casi angelical.

…

Camilo y el abogado Jaime Zavala tenían planeado rodear el santuario para llegar a la torre de señal, pero al salir, vieron a Renato Jiménez envuelto en un impermeable oscuro, de pie sobre una escalera de bambú, revisando una por una las cintas rojas atadas a las ramas del Árbol de los Deseos.

Ambos sintieron una mezcla de alivio y confusión. El alivio era por ver que el presidente Jiménez estaba a salvo; la confusión, por no entender qué diablos estaba haciendo.

El fraile Raúl, de pie bajo el alero del edificio principal, le gritó a todo pulmón:

—¡Señor, de verdad se va a enfermar si sigue ahí! Si quiere saber qué deseo pidió la señora, ¡solo pregúnteselo cuando despierte!

La lluvia torrencial había comenzado a menguar. Con expresión de absoluta urgencia, Renato revisaba cada tarjeta de los deseos, como si su vida dependiera de encontrarla y no estuviera dispuesto a rendirse.

Se giró hacia el alero:

Al escuchar esa última orden, Camilo palideció de asombro:

—¿La joven señora…?

Por las palabras de su jefe, dedujo que Magdalena estaba viva, pero no se atrevió a preguntar si el bebé seguía con ellos.

—Presidente Jiménez, el frío de la montaña es muy traicionero. Espere a que deje de llover para…

Iba a sugerirle que se resguardara, pero se tragó las palabras al ver que Renato sostenía una tarjeta roja. Su expresión era indescifrable: una mezcla de conmoción, alegría desbordante y una ironía casi dolorosa.

Renato clavó la mirada en la tarjeta. La caligrafía era pulcra y elegante, trazada con tinta de primera calidad que ni siquiera la lluvia había logrado borrar.

Años de paz, y envejecer a tu lado. Esas simples palabras se grabaron a fuego en su corazón, poseyéndolo por completo.

Si esto hubiera pasado antes, habría estado seguro de que ella deseaba ese futuro con Lázaro Guzmán.

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