La expresión de Magdalena Sarmiento se tensó de inmediato y su delicado rostro frunció el ceño con amargura. Su tono sonaba ligeramente ofendido, pero mezclado con un toque de lástima.
—Qué pena que la mujer que trajiste lo arruinara todo. Al final, todo el esfuerzo se fue por la borda.
El apuesto rostro de Renato Jiménez se volvió aún más inexpresivo. Esbozó una sonrisa tan superficial que apenas se notaba, y sus ojos se mostraron fríos.
—No todos tienen el privilegio de tener tan buena suerte —respondió él.
Magdalena no se enojó; al contrario, soltó una risa suave y habló con un tono despreocupado.
—No estés tan seguro de eso.
Después de comer, Magdalena fue a pagar la cuenta. Renato caminaba hacia la salida llevando su saco sobre un brazo, cuando su celular comenzó a sonar. Al sacarlo y ver que era Bianca Silva, frunció levemente el ceño y volvió a guardarlo en su bolsillo.
Tras pagar, Magdalena notó que el celular de Renato no dejaba de sonar. Lo miró con sospecha.
Con una expresión impasible, Renato ya había cruzado la puerta del restaurante.
Ella dudó por un segundo, luego arrastró los pies para seguirlo. Después de quedarse un momento fuera del local, regresaron a la empresa uno detrás de la otra.
...
Durante los siguientes días, Octavio Sarmiento le organizó más citas a ciegas, y ella no tenía ningún derecho a negarse.
Como ella había ofendido al Director Larreta, incluso cuando Lázaro Guzmán lo llamó para interceder, este no cedió en absoluto.
Sin embargo, las citas a ciegas fueron un completo desastre. Muchos de esos herederos adinerados eran unos mujeriegos sin remedio. En una ocasión, mientras estaba en plena cita, una mujer con un vientre abultado irrumpió en el restaurante, gritando y llorando que aquel hombre era un desgraciado sin corazón.
El peor de todos fue un tipo que, en su primer encuentro, le hizo insinuaciones sexuales. Magdalena levantó su copa de agua, la bajó, volvió a levantarla, aguantando las ganas de tirársela en la cara. Al final, inventó que tenía que ir al baño y huyó de inmediato.
En el banquete empresarial sobraba la elegancia, el perfume y el tintineo de las copas. Octavio guió a Magdalena entre los invitados, presentándole a sus socios, y entre ellos, por supuesto, no faltaron los herederos de familias prestigiosas.
En el área de descanso del salón, Renato Jiménez sostenía una copa de champán. Su mirada, fría e indescifrable, estaba fija en Magdalena.
Y no era el único que la miraba. Muchos hombres la seguían con los ojos, con esa clásica mirada de cazador al acecho.
Hoy llevaba un vestido largo y calado de color blanco puro, con finas tiras que se cruzaban en la espalda, dejando a la vista su piel radiante y suave. La tela estaba adornada con pequeñas lentejuelas que brillaban bajo la luz. Cuando sonreía y charlaba, sus labios rojos y su sonrisa parecían iluminar el lugar.
En solo unos minutos, varios hombres se acercaron a Octavio para saludarlo, aprovechando la oportunidad para conocerla a ella.
Magdalena mantenía una sonrisa dulce y tranquila. Bajo las luces de cristal, se veía tan hermosa que cualquiera que la mirara más de la cuenta sentía que se deslumbraba.
Octavio era un zorro viejo. Al ver que tantos hombres intentaban conversar con su hija, les dejó el espacio libre y se alejó para charlar con otros empresarios.

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