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Me Casé con el que Pagó Mi Venganza romance Capítulo 136

Señor Guzmán... Otra vez con ese maldito "señor Guzmán". Al escuchar el formalismo, Lázaro apretó el ceño. Una intensa oleada de frustración lo invadió.

La mujer que tenía enfrente era la misma chica que él había consentido y amado con locura durante doce años. Ahora, apenas si eran unos extraños que no llegaban siquiera a ser amigos.

De repente, él se inclinó y la levantó en brazos. Por puro instinto, ella rodeó su cuello con las manos. Al ver que ella arrugaba la nariz confundida, él explicó:

—Iremos al hospital a sacarte radiografías. Hay que revisar si el hueso está lesionado.

Ella quiso negarse, pero, conociendo a Lázaro como lo conocía, sabía que una vez que tomaba una decisión, nada lo hacía cambiar de opinión. A menos que...

Antes, a él se le derretía el corazón si ella le hacía pucheros y le rogaba sin parar. Pero ahora ella ya no tenía el derecho de comportarse de esa forma con él.

Ambos tomaron el ascensor hasta el primer piso. Los invitados del salón ya se habían marchado. Renato Jiménez charlaba con Camilo junto a los ascensores. Al escuchar el tono que indicaba la llegada, ambos voltearon a mirar de forma instintiva.

Al ver a Renato afuera del ascensor, Magdalena se paralizó un segundo. Y cuando sus miradas se cruzaron, se sintió intimidada sin saber por qué ante aquellos ojos insondables.

Forcejeó para bajarse de los brazos de Lázaro y apoyó débilmente el pie derecho en el suelo, para luego dirigirse a Renato:

—Presidente Jiménez, ¿cree que Camilo pueda llevarme al hospital?

Lázaro le lanzó una mirada fulminante de reojo, frunciendo profundamente el ceño.

Renato observó a Lázaro y luego desvió su inescrutable mirada hacia ella:

—Parece que el señor Guzmán ya se había ofrecido a llevarte.

—Mi cuñado es un hombre muy ocupado. —Fuese por generosidad genuina o por una trampa calculada de Fátima, Magdalena sentía que debía mantener cierta distancia.

Al fin y al cabo, él era un hombre casado y ella jamás se había planteado destruir un matrimonio, mucho menos si se trataba del de su propia hermana.

Renato miró a su asistente:

—Camilo, llévala al hospital.

Lázaro estuvo a punto de soltar una negativa, pero al ver cómo Magdalena cojeaba en dirección a Camilo, se tragó sus palabras y se dirigió a Renato:

Apenas hacía un momento ella se había tocado el vientre, con un gesto reflejo de hambre, y él, siempre tan observador, lo había notado de inmediato.

Antes, ella aceptaba todos sus mimos como algo natural. ¿Pero ahora?

Cuanto mejor la trataba él, más se le encogía a ella el corazón.

El hombre al que había amado durante tantos años, ahora la cuidaba desde su posición de cuñado. ¿Cómo no iba a sentirse triste? ¿Cómo no iba a dolerle en el alma?

Renato acababa de colgar una llamada cuando giró la cabeza y vio a Magdalena mirando con fijeza y expresión abatida la comida sobre la mesa, mientras Lázaro la contemplaba en el más absoluto silencio.

A simple vista, la interacción entre los dos no resultaba inapropiada para un observador externo. Sin embargo, Renato era un hombre perspicaz y entrecerró sus oscuros ojos, que parecían capaces de leer entre líneas.

Su intuición le dictó que la relación de esos dos no era para nada la simple relación de un cuñado con la hermana de su esposa.

En realidad, Lázaro tenía toda la intención de ir tras ella al hospital, pero su asistente le llamó para informarle de un grave contratiempo con un proyecto nuevo. Tendría que regresar de inmediato al corporativo a convocar una junta de emergencia con sus directivos.

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