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Me Casé con el que Pagó Mi Venganza romance Capítulo 133

—¿Hermana? —La voz clara y suave temblaba ligeramente, sonando dulce a los oídos.

Desde el primer vistazo le agradó esa hermana a la que nunca había visto. Su aspecto frágil y dócil despertaba un deseo incontenible de protegerla.

Fátima asintió:

—Sí, soy tu hermana. A partir de hoy vivirás aquí. Si alguien te molesta, dímelo y me encargaré de darle su merecido.

Al decir esto, lanzó una mirada intencionada a una de las criadas que estaba cerca. Sus ojos reflejaban una severa advertencia que hizo temblar a la mujer y bajar la cabeza de inmediato.

Cuando Magdalena fue introducida en la sala, aquella empleada había visto su ropa humilde y la había mirado con desdén.

La pequeña parpadeó con picardía:

—Hermana, eres más brava que nuestros profesores.

Fátima no supo si reír o llorar ante el comentario.

Más tarde, Beatriz le explicó en detalle por qué habían enviado a su hermana al campo, a Villa del Sauce, en lugar de criarla en la lujosa mansión Sarmiento.

Desde aquel instante, decidió que protegería y consentiría a su hermana para que no volviera a sufrir ninguna injusticia. Todo lo compartía a la mitad con ella e incluso intercambiaban ropa.

En aquella época, su relación era tan cercana que se contaban de todo.

Una noche, apenas se había acostado, la puerta de su habitación se abrió y asomó una cabecita:

—Hermana, ¿ya estás dormida?

Fátima encendió la lámpara de la mesita de noche. En la puerta estaba Magdalena con un pijama de dibujos animados. Extrañada, le preguntó:

—¿Por qué sigues despierta?

Magdalena entró en la habitación y se coló bajo sus sábanas:

—Es que no tengo sueño.

Viendo la emoción que irradiaba su carita, Fátima entrecerró los ojos con una sonrisa:

—Yo más bien creo que estás tan emocionada que no puedes dormir.

Al verse descubierta, Magdalena hizo un puchero y murmuró, nerviosa:

—Claro que no.

Fátima juró y perjuró que no se lo contaría a nadie. Ante tanta insistencia y halagos, Magdalena cedió y con un hilo de voz confesó:

—Va a tu misma escuela.

Fátima se quedó aún más confundida:

—¿Quién es?

—Lázaro Guzmán —soltó el nombre con un susurro imperceptible. Tras decirlo, sus mejillas se pusieron rojas como manzanas.

Aún recordaba el momento exacto en que Magdalena pronunció el nombre de Lázaro. Aunque tenía la cara muy roja, sus ojos brillaban con una intensidad especial. En ellos se desbordaba el primer despertar del amor juvenil.

...

Ambas se quedaron en silencio por un momento, hasta que Fátima soltó una risita:

—Entonces me quedo tranquila.

Luego de recordar eso en el presente, Fátima se dio la vuelta, salió de la habitación y cerró la puerta.

Después de que Fátima y Lázaro se marcharon, la habitación quedó en silencio. Magdalena revivió la escena que acababa de pasar y empezó a cambiar de canal en la televisión, invadida por la frustración.

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